Augusto Barrera, coordinador de contenidos entre la Asamblea Nacional Constituyente y el Ejecutivo, y concejal de Quito, describió hace pocos días que el barrio donde creció (en la avenida Colón y Diez de Agosto, en Quito) concentraba dos cosmovisiones opuestas de la ciudad.
Hablaba de una popular y de otra aristocrática, para referirse a la coexistencia de la gente de clase media y los habitantes de la mansión de la familia Jijón y Caamaño (hoy conocida como La Circasiana).
Allí nació el activista político, un 1.º de noviembre de 1961, y es donde conjugó los juegos populares en su niñez y dio impulso a su afición por el fútbol. Tampoco le fueron ajenas las modas que pulularon en los setenta y ochenta por La Mariscal: ni siquiera el rock, pese a la preeminencia de la nueva trova, Inti Illimani y Víctor Jara.
Algunos de sus contemporáneos aseguran que esa es la realidad urbana, diversa, que moldeó la personalidad política de Barrera. Su trayectoria, desde sus primeros años de formación, así lo confirma. Siempre aparece, en la mitad, como un elemento catalizador de visiones distintas.
Eso, además, explica las razones por las que el actual concejal del Distrito Metropolitano de Quito tiene bajo sus hombros quizá la misión más sensible del proyecto político del Gobierno de Rafael Correa. Esto es, engranar con precisión de reloj suizo los objetivos estratégicos del régimen y las expectativas diversas que hay en el bloque de Acuerdo País dentro de la Asamblea. De esa tarea dependería el futuro del referendo aprobatorio de la nueva Constitución que se escribirá en Ciudad Alfaro.
Barrera conoce el libreto de este tipo de ejercicios. El dirigió los diálogos propiciados por el Gobierno de Lucio Gutiérrez entre diferentes actores sociales. La decepción que supuso el divorcio de ese régimen con el movimiento Pachakutik no fue total, pues los foros sirvieron a Barrera para acercarse a otros actores de la izquierda, con la que comulga (hoy más afín a procesos de Brasil y Chile).
En esos debates se cruzó por primera vez con Rafael Correa. Un encuentro casual que más adelante, hace unos cuatro años, llegó a sellarse en una amistad de tres protagonistas de la política actual, cuando un amigo en común, Alberto Acosta, hoy presidente de la Asamblea Constituyente, los presentó formalmente.
La vehemencia que destaca al presidente Correa no fue un obstáculo para afirmar esa amistad. Esto porque a Barrera, sus amigos, e incluso sus contradictores, lo ven más bien como un tipo tranquilo y tolerante.
Esa fama le ha abierto las puertas de los medios de comunicación, pese a su aguda crítica respecto al papel que juegan los mismos, sin lograr convertirse en una estrella mediática de la política. Esa es una de las razones por las cuales, íntimamente, sus rivales políticos lo describen como una persona calculadora y bastante pragmática.
En esa medida se lo responsabiliza de haber postulado a Antonio Ricaurte, hoy posible contendor suyo a la Alcaldía de Quito en las próximas elecciones, para concejal de la capital dentro de las listas de Pachakutik cuando ambos militaban en esa organización, y dejar de lado a Guillermo Robayo, un dirigente de la vertiente de las organizaciones barriales promovidas por Barrera. Él admite ese error, pero dice que la decisión no fue exclusivamente suya, sino de la directiva del movimiento.
El rompimiento con Pachakutik marcó otro hito en su vida pública. Barrera se anticipó a cuestionar a los líderes indígenas por imprimir una línea étnica al movimiento, en contraste con la visión de apertura que promulgaban los dirigente mestizos del grupo.
Metódico e impasible. Gustavo Vallejo, antiguo camarada y colaborador, lo describe como un perfeccionista. Concejales de otras tendencias destacan la capacidad de investigación de Barrera sobre cientos de comodatos con problemas.
Las causas comunitarias han sustentado su activismo. Desde sus inicios, en la Facultad de Medicina de la Univers
Hora GMT: 10/Febrero/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito
