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La mariposa de Hilel

Publicado el 03/Febrero/2008 | 00:00

Basta un mínimo de lucidez y sentido común para constatar la siguiente ley de la vida, así como su implacabilidad: el daño que se hace o se quiere para los demás siempre se vuelca contra quien lo practica o lo desea. Quien adopta una actitud de estrechez de corazón hacia el prójimo padecerá de esa misma estrechez. Quien reduce al otro a un juicio, un desprecio, un insulto o un rencor, se envuelve en una red que termina por ahogarlo. La falta de comprensión y tolerancia condena irremediablemente a un mundo estrecho, un mundo asfixiante de cálculos e intereses: “No saldrás de aquí hasta que devuelvas el último céntimo”, según el Evangelio.

Hace casi 2 000 años, Hilel y Shamail eran sabios directores de dos escuelas con visiones enfrentadas sobre la vida y la enseñanza. Para humillar a Hilel, los alumnos de la otra escuela decidieron ponerle una trampa. Cazaron una mariposa y uno de ellos la llevó oculta en la mano para preguntarle si estaba muerta o viva. Si Hilel decía que estaba muerta, abría la mano y la dejaba volar. Si decía que estaba viva, simplemente apretaba un poco la mano y la mariposa moría. Cuando le plantearon la pregunta, Hilel adivinó el truco y respondió: la decisión está en tus manos.

Esta anécdota sirve para ilustrar el riesgo de querer transformar la realidad según el propio interés o la terquedad de cada momento; o el absurdo de querer manipular el entorno al servicio de prejuicios. Esperamos que el otro, por el simple hecho de ser opositor, diga o haga cualquier cosa para señalarlo como un completo errado. Interpretamos enseguida cualquiera de sus pasos como una estrategia absurda o malintencionada. Escuchamos sus deseos solo para contradecirlos. Sus ideas son solo motivo de crítica, y ante cualquiera de sus actuaciones nos rasgamos las vestiduras y proclamamos lo mal que nos parecen.

Cuando alguien está expuesto a la mirada pública se deja más fácilmente llevar por la autosuficiencia, considerándose juez clarividente e inapelable de todo y de todos. Hace pocos días, la carta de un lector a un periódico de Buenos Aires caricaturizaba a esos desdeñosos olímpicos, dueños de la verdad y de la historia, llamándoles “idiotas”. Allí se decía: “Idiota no es cualquiera. Se necesita vocación y entrenamiento. Sea cual sea el empaque. Porque hay varias clases de idiotas: los invisibles y los que encandilan. Los inodoros y los que apestan. Los insípidos y los que empalagan. Hay idiotas con toga e idiotas con botas...

No falta entre ellos “el idiota típico”, alguien que “no distingue colores ni matices. Ve el mundo en blanco y negro. Alimenta su discurso con dicotomías. Pobres y ricos. Patriotas y lacayos del imperio. Buenos y malos. Capitalismo y socialismo. Bush y el otro. El idiota practica el autoengaño. Cree que maneja a los demás... y los demás lo usan...

Hora GMT: 03/Febrero/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Jaime Acosta Espinosa

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