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La injuria

Publicado el 23/Junio/2012 | 00:51

Juan Falconí Puig

jfp@hoy.com.ec



Despenalizar la injuria es volver a lo más atávico, pues una cosa es libertad de expresión y otra, muy distinta, libertad de difamación; una cosa es libertad de opinión y otra, distinta, es libertad para insultar; una cosa es el derecho de criticar y otra, derecho a injuriar. Despenalizar la injuria es un tema independiente de los derechos humanos, que obviamente los tiene la víctima, por reconocidos en el Pacto de San José, aunque aquella despenalización sea más una moda, entre otras que, ni siquiera son de general aceptación pero sí de general difusión, y no necesariamente convenientes a la sociedad. Los códigos penales y leyes de la materia, que tienen su origen en la estructura del Derecho como ciencia y la necesidad de las normas y leyes que garanticen el orden, la paz y en definitiva la convivencia pacífica y organizada, contemplaron desde siempre la injuria como una infracción y de ahí que, en el Derecho Germano, en el Derecho Romano y en los principios de ley más remotos, e inclusive en la Biblia y en el Derecho Indiano, existían preceptos que castigaban la injuria, la calumnia, la difamación y hasta los rumores falsos.

Pero la moda, hoy por hoy, consiste en dar libertad absoluta para que los gánsteres, los insultadores de siemPRE y los elementos más soeces, en forma y fondo, descalificados en esta comunidad ecuatoriana y en todas a través de la historia, sin distingo de tiempo y espacio, puedan libremente dar rienda suelta a su odio, vomitando sus infames consignas por paga. Claro, ante su falta de conocimiento, verdad, razón y argumentos recurren sistemáticamente al insulto y/o la injuria.

Y ahora resulta que hay que incluir entre los derechos humanos, no solo la vida, la libertad, la salud, el buen nombre, la imagen, la honra y el prestigio sino el derecho a insultar que, automáticamente, torna inexistentes e inútiles todos los derechos anteriores, tal vez con excepción del de la vida y la libertad, puesto que de la salud psicológica y en adelante, todos los demás devienen lesionados por la injuria, más grave cuando es sistemática, permanente y alevosa, ampliamente difundida, y en Ecuador, donde lo imposible es lo probable, particularmente en lo jurídico, con fondos de los depositantes, cuando provienen de quienes se han cebado en la moral y la economía de una República que, inconsciente, los acogió sin vislumbrar que la contaminarían desde sus raíces hasta los más altos niveles, pues no han quedado salvo, ni presidentes y sus hermanos.

Siempre existió compensación de injurias pero ahora la invitación a volver a lo más atávico es directa porque si esta se despenaliza, la respuesta a una injuria sería otra y así podría escalar la beligerancia hasta llegar, como ocurre aun antes de la despenalización, a situaciones de hecho y en los niveles primitivos, a golpes, especie de injuria, que quedaría, asimismo, despenalizada. Esperemos, pues, que ahora los difamadores no empiecen la barbarie como si el mundo fuere a acabar. Solo eso faltaría.

 

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Autor: Juan Falconí - Ciudad Quito

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