Estiman los críticos, que La guerra y la paz (en la que León Tolstoi novela la invasión napoleónica a Rusia) se encuentra entre las 10 obras literarias más importantes de todos los tiempos. Quizás, lo que más llamó mi atención fue encontrar en ella al propio Napoleón como uno de los personajes, y me impresionó más por haberlo encontrado también, aunque en un papel secundario, en Los miserables, de Víctor Hugo. ¡Cuán grande puede ser un hombre que aparece como protagonista de dos escritores tan inmensos, y de tan distintas naciones, como Víctor Hugo y Tolstoi!
En Los miserables, uno ve a Napoleón desde el punto de vista francés. El lector asiste a la batalla final, la de Waterloo, cuando el imperio se derrumba, y entiende, con Víctor Hugo, que la guerra se perdió, no por el ingenio de los ingleses, sino porque la Divina Providencia no podía permitir tanto poder concentrado en un solo hombre. En La guerra y la paz, en cambio, somos espectadores de esa encantadora aristocracia rusa, incapaz de entender que la guerra se encuentra tan cerca, pese a indicios tan evidentes, como que tanto Napoleón, quien ya había asumido los plenos poderes de Francia, como el Zar Alejandro, se han enzarzado en una guerra de declaraciones e incluso movilizado sus enormes ejércitos hacia la frontera. Lo más asombroso es que ambos, Napoleón y Alejandro, declaran no querer la guerra, y acaso lo crean, sin entender que aunque Napoleón estuviera, en el año de gracia de 1812, convencido de que de él solo dependía derramar o no la sangre de sus pueblos, se encontraba sometido al imperio misterioso de la Historia, que le empujaba fatalmente hacia delante, dejándole la ilusión de considerarse dueño de su libre albedrío.
¿Son los hombres que gobiernan los que deciden las guerras? ¿O son las circunstancias en las que se embarcan? Tolstoi nos explica que obedeciendo a la ley de la coincidencia de las causas, esos hombres que avanzaban hacia Oriente para destruir a sus semejantes, eran conducidos por las numerosas y pueriles razones que, a los ojos del vulgo, habían determinado la terrible conflagración. Esas razones eran las alianzas de varias naciones en torno a una ideología determinada, la incursión de las tropas francesas en Rusia, la desenfrenada afición a la guerra de los unos, la costumbre de pelear con todos que había adquirido el otro, el impresionante gasto en armas en el que se había precipitado Europa... Quien diga que Napoleón fue a Moscú porque así lo había decidido, y que se perdió porque así lo quiso Alejandro, se equivoca por completo escribe Tolstoi. ¿Fatalismo? ¿Determinismo histórico? Shakespeare lo resumió en una sola línea, que atribuyó a Romeo (el que amó a Julieta), cuando después de matar al primo de su amada, lo hizo exclamar, postrado por la desgracia: ¡Somos juguetes del destino!
Hora GMT: 17/Abril/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad QUITO Autor: Por Carlos Jijón
