Por Federico María Sanfeliú
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El día de San Valentín ya ha pasado y con él bastante literatura del amor pasión, del "San Valentín, día para la infidelidad" y las aventuras que tienen como horizonte la temporalidad afectiva y los amores que desde su nacimiento anuncian que se van a terminar y morir por carecer de lo esencial del amor: la admiración radical, la donación gratuita recíproca, el permanente cuidado mutuo de "¿qué esperas de mí?" que asegura la duración del amor.
El San Valentín olvidado me lleva a celebrar el amor que dura, el amor que aguanta y que afortunadamente se da como una realidad sustantiva hoy. Lo veré desde el amor que se supone en la pareja creyente, la de los "bien casados y sacramentados", como solemos decir. Y ahí hay que recordar dos conceptos básicos: el amor eterno y la fidelidad. Para ello transcribo un hondo texto del Hermano Roger de Taizé. "El sí del matrimonio, como el del celibato por el Evangelio, nos coloca ante un salto en el vacío ya que es la persona en su totalidad la que se compromete, con su cuerpo y con todos su recursos interiores: inteligencia, sensibilidad, afectividad, imaginación. Renunciando a mirar atrás, aquel que pronuncia el sí dice y repite a Cristo a lo largo de su vida: ´Confío en Ti, creo en tu palabra´ Una vez pronunciado ese sí es el centro alrededor de cual se elabora una creatividad continua, es una columna alrededor de la cual el hombre gira en libertad, una fuente cerca de la cual el hombre baila.
Para ese hombre, llegarán momentos en los que la fidelidad no será vivida en la espontaneidad del ser: el sí pesa, es asumido sin sentir el amor. Entonces, pero provisionalmente, ese pedagogo que es la ley se puede imponer hasta que vuelva a renacer el amor".
El amor humano maduro tiene una vocación de duración total: hasta la eternidad. Y se entiende como capaz de generar recursos para vencer todo obstáculo y dificultad normal. El creyente descubre por experiencia propia la verdad de lo que enseña Jesús: que la pareja llega a ser una unidad indisoluble. "Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre".
Recordemos: a veces el sí del amor, pesa, pero es auxiliado temporalmente por la ley, "hasta que vuelva a renacer el amor".
Mercedes Lozano cuenta a este respecto un hallazgo personal. Después de una estancia en los Estados Unidos, fue a México. Allí descubrió otra cara de la vida. Frente al estadounidense usar y desechar algo cuando falla un poco, encontró las tiendecitas mexicanas de "reciclaje", de saber aprovechar y reparar. "Todo se arregla, todo sirve, todo se recompone con un poco de trabajo" .
Creo que algo así le puede pasar a nuestro matrimonio. Con un buen trabajo de readaptación de la convivencia diaria, se pone en marcha otra vez, casi mejor que al comienzo, porque ese trabajo nos permite saber dónde ha fallado y cómo evitarlo.
Hora GMT: 16/Febrero/2009 - 05:04
