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La ermita de la Dolorosa

Publicado el 12/Diciembre/2008 | 00:06

Por Marco Lara Guzmán

Mañana se bendecirá e inaugurará la ermita dedicada a la Virgen Dolorosa del Colegio San Gabriel, en Cruz Loma, altura de 4 100 metros en el Pichincha, sobre la ciudad de Quito, edificación planeada y ejecutada por la Fundación del mismo nombre, integrada por ex alumnos del colegio.

Hacia fin de 2005, un grupo de ellos nos reunimos en una casa particular, para pensar sobre los actos que debían realizarse para conmemorar el primer centenario del Prodigio del 20 de abril de 1906. Francamente no recuerdo a quien se le ocurrió levantar una capilla. Jóvenes de 60 y más años todos los presentes, ninguno juzgó demasiado grande la tarea. Para ello, y más, se formó una Fundación integrada por 23 compañeros pertenecientes a un abanico generacional que abarcaba casi 80 años, desde el padre Alfonso Acosta Velasco, graduado en 1933 hasta dos bachilleres de 2006. Empezaron las gestiones, no exentas de increíbles oposiciones y dificultades y de actitudes negativas de quienes nunca debieron ser rémoras displicentes e insensibles testigos de los esfuerzos ajenos, sino los más eficaces apoyos del proyecto.

Todo lo precedente, que parece dato noticioso, lleva a formular varias reflexiones. El Milagro de 1906, verificado como hecho cierto por una exigente comisión de científicos y expertos de la época, tuvo, ciertamente, repercusiones de largo alcance.

En pleno alfarismo machetero, el de las persecuciones religiosas a sangre y fuego, el suceso fue una especie de sello o de confirmación de la fe católica, de varias maneras incentivo y fortaleza para los más débiles. Fue, también, espaldarazo para la educación católica de entonces, objeto del odio gubernamental, condenada a desaparecer según sus designios. Dicen los entendidos que la perdurabilidad de un acto reputado como milagro y la fuerza de sus efectos son indiscutible aval de su procedencia sobrenatural. Así sucedió. Un siglo después de esa noche abrileña de 1906 el mensaje trascendental está vivo y fuerte.

Es necesaria otra reflexión. El San Gabriel nació hacia finales del siglo XVI como centro de estudios para ciencias liberales. Fue, desde entonces, el indiscutible centro de formación de clases dirigentes y líderes. La historia colonial y republicana está llena de ejemplos y resultados. Decir San Gabriel era hablar de lo mejor.

Con cierta irreverencia alguien decía que hasta milagros se producían en ese colegio. Después vinieron los “cambios” varios de los cuales eran verdaderos atentados contra el espíritu del plantel y desprecio por sus tradiciones. Sus noveleros autores nunca entendieron al San Gabriel. Acaece que por más buena voluntad que se quiera tener, nadie que no sea gabrielino podrá jamás sentir íntegramente y amar al colegio, condición indispensable para servirlo leal y eficazmente.

El colegio no es, no puede ser, una entidad más del montón ni formar gente para el montón. Su papel tiene que ver con la preparación de clases dirigentes en el grande y hondo sentido de San Ignacio: ser más para servir mejor. Eso nada tiene que ver con una educación que se consagre y dirija a formar a la aristocracia boba o al craso poderío económico.

mvlaraguzman@hoy.com.ec

Hora GMT: 12/Diciembre/2008 - 05:06

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Comentarios

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  1. 1 Marco Borja desde - Quito

    Muchas felicitaciones a todos los ex-estudiantes Gabrielinos por este esfuerzo que se ha concretado en la construcción de la ermita en honor a nuestra Madre en la advocación de la Virgen Dolorosa del Colegio San Gabriel.
    De todo corazón, que nuestro señor Jesús los bendiga por ese inmenso amor a nuestra Madre del cielo.

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