Por Pepe Laso R.
Esperaba que, de pronto, entre la multitud alborotada de estudiantes y colegiales que recorría los corredores del viejo Hospital Eugenio Espejo, hoy un bello Centro de Convenciones, apareciera de repente la madre Eugenia, una monjita de la caridad, prima de mi abuela, de esas que tenían en su cabeza unas tocas blancas inmensas, que hasta los buenos poetas compararon con bandadas de gaviotas. En esa época, los niños creíamos que esas monjitas habían sido puestas en la tierra para cuidar a los enfermos, poner inyecciones y regalar caramelos a los parientes. Entonces, les conté a los amigos que también tenía un tío que era cirujano en la Sala 1 A, en la que hoy se celebra la Fiesta Internacional de la Cultura, el Libro 2008. Este tío Eduardito nos había extraído todos los apéndices, todos los botones que nos habíamos tragado y, una vez, una colección de frijoles diminutos que nos habíamos introducido en un concurso que intentaba medir la capacidad de nuestras diminutas fosas nasales.
Cuando alguien dijo, quizá uno de los escritores o poetas con los que nos íbamos encontrando y cuyas fotos estaban en las solapas de los libros que se exponían, que ese bello edificio olía todavía a hospital, yo recordé un epígrafe de cierto libro, que después me he acordado que se llama La memoria, la historia y el olvido, que dice: "El que fue ya no puede no haber sido, en adelante, este hecho misterioso y profundamente oscuro de haber sido, es su viático para siempre".
Pensé, entonces, cómo, en realidad, ese espacio del antiguo hospital debe condensar miles de dolores, de alegrías, de sufrimientos, de trabajos, piedades, misericordias, a los que solo por la memoria se puede caminar de regreso desde nuestro incierto presente.
Y, como de alguna manera pensamos las cosas del mundo a través de los libros que leemos, me acordé que alguien también escribió que esos espacios densos en los que si uno quiere puede aprender a proteger las voces del olvido, son "los lugares" y que hoy hay otros espacios que son los "no lugares", iguales en casi todo el planeta , allí se escucha únicamente la voz del mercado, vacío de historia, de lo hecho para durar un instante, de lo perecible y lo efímero.
Es tan importante, pensé, que el Ministerio y otras tantas gentes hayan organizado una fiesta de la cultura que es de la memoria, porque el libro siempre fue escrito al menos el día de antes, y en él proyectamos el presente y anunciamos lo que vendrá según eso de que "el futuro habita la memoria".
Cada uno tiene sus fantasmas propios que aparecen en los corredores del viejo hospital, según los tiempos a los que pertenece. Me he sorprendido al ver tanta gente joven que, por miles, desde sus uniformes y sus rupturas, sus bullicios y sus empujones, ha participado en estos eventos, y me he preguntado que quizá el gran acierto de los organizadores es haber logrado realizar una "fiesta" de la cultura.
Unir la cultura a los tiempos del placer, de la música, de la poesía, del cine, de lo placentero y no a esos tiempos disciplinarios de la escuela, en los que la lectura era un castigo y lo que se comunicaba y se decía era importante solo si no traspasaba las líneas del cuaderno.
joselaso@hoy.com.ec
Hora GMT: 30/Noviembre/2008 - 05:09
