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La casa de Dostoievski

Publicado el 16/Octubre/2008 | 00:08

Por Carlos Jijón

Reflexiono si es pertinente ocupar este espacio para compartir con los lectores mi opinión de que La casa de Dostoievski, del chileno Jorge Edwards, es una de las mejores novelas que he leído últimamente. En contra, encuentro el argumento, bastante sólido, de que a quién le puede interesar lo que piense sobre literatura un simple aficionado a los libros. A favor, intento sostener que bien vale divagar sobre la buena literatura, en un país, y en un momento, en que la realidad nos parece, a unos, oscura. Pienso que alguien alguna vez escribió (creo que fue Vargas Llosa) que la literatura es un buen lugar para refugiarse cuando la realidad no nos gusta, como él sostiene que ocurrió con el Alonso Quijano del Don Quijote, o con Emma Bovary, la Madame Bovary, de Flaubert. Pero quizás el argumento más importante que he podido encontrar es el de la, a mi juicio, palpitante actualidad que he creído encontrar en esta historia sobre un hombre que vive los primeros años de la implementación de un estado autoritario, primero en Cuba, y luego en el Santiago de Salvador Allende.

La casa de Dostovieski fue galardonada el pasado mes de mayo con el II Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casa de las Américas. Su autor es Jorge Edwards, de 77 años, que a mediados de los sesenta rompió la irrestricta solidaridad de los intelectuales latinoamericanos con el régimen cubano con su libro Persona Non Grata.Y que 40 años después regresa a La Habana en la figura de un Poeta, del cual se desconoce el nombre, y que es un testigo privilegiado de la instauración del poder alrededor de un gobierno de pensamiento único y del que es imposible discrepar. Es probable que uno de los mayores atractivos de la novela sea su ambigüedad. Nadie recuerda ni siquiera cuál es el nombre del Poeta protagonista de la obra, y a lo largo de ella se lo menciona como Eduardo, Eulalio, quizás Enrique. O el de su amante, Teresa Beatriz (que lo conduce por los infiernos y purgatorios del amor). Pero toda esa ambigüedad se concreta, se materializa, con una fuerza hasta sobrecogedora en una historia que nuestras sociedades han vivido recientemente y sobre cuyos pasos quiere volver a andar.

El Proceso Padilla, sobre Heberto Padilla, el intelectual cubano que osó disentir, y expresar en voz alta sus discrepancias, es uno de los momentos cumbres de la novela y uno puede sentir la angustia, el horror moral, de esos hombres, intelectuales todos, periodistas, escritores, poetas, presenciando la humillante autocrítica de Padilla, "reconociendo" ser un traidor a la Revolución después de pasar un mes en prisión por el delito de pensar distinto. Por eso no creo que La casa de Dostoievski sea tan solo un retrato del mundo literario de los años cincuenta, como lo describe la crítica cultural del diario El País, sino más bien, una lúdica reflexión sobre el costo humano de las utopías. Hay que leerla.

carlosj@hoy.com.ec

Hora GMT: 16/Octubre/2008 - 05:08

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