Columna del Padre Roberto
Por Roberto Fernández
rofer@hoy.com.ec
Si la verdad es el encuentro entre la mente y la realidad, las palabras son el eslabón entre ambos mundos. Por eso, los artesanos de las palabras (predicadores, literatos, periodistas) tienen la responsabilidad de explorar muy bien tanto el mundo de la mente como el de la realidad. Si los periodistas se mantuvieran en el campo de la abstracción mental, serían más propiamente filósofos, y su revolución de largo aliento inquietaría muy poco a los políticos de hoy que se ocupan más bien de las realidades inmediatas. Aparentemente, el periodismo llevaría las de perder, pues, hasta que investiga completamente las cosas, los políticos ya han cambiado de escenario la realidad y la gente se olvida pronto del pasado dejándose deslumbrar por lo inmediato; sin embargo, casos como el de Dreyfuss o el de Watergate demuestran que la tenacidad de la prensa da siempre buenos resultados y hasta el mismo poder acaba reconociendo su mérito y su utilidad. ¿No nos están recordando estos días nuestros periódicos todos los casos que la prensa nacional nos ha permitido solucionar? ¿Habría logrado lo mismo una prensa amordazada?
Porque el periodista explora y escucha la voz de la realidad, la investiga y la cuenta de manera que encanta y desencanta; si las cosas van mal, más sucede lo último y, entonces, el pueblo se desquita dejando de leer o cambiando de periódico; y, otras veces, los desencantados son los que llevan las riendas del poder, que no quieren que la verdad se sepa y se sienten amenazados por los contrastes y las diferencias que puede asumir una sociedad bien informada. Así que, también el poder se desquita, de manera más sofisticada, buscando amordazar con leyes la palabra crítica que molesta o que puede sembrar una duda metódica y bien documentada que lleve a desenmascarar intenciones non sanctas.
El antiimperialismo, al igual que el Imperio, también tiene sus sátrapas bien o mal intencionados en el mundo de la información. Es sutil la frontera que marca la diferencia entre la objetividad y lo subjetivo.
En El Quijote, se arma la de San Quintín cuando empiezan a discutir si aquello era yelmo de Mambrino o bacía de barbero. Por eso, hay que debatir. Todos tienen derecho a una opinión, aunque no coincida con la nuestra, pero hay que encontrar la verdad, que es lo único que nos puede persuadir en profundidad llevándonos a la evidencia por el encuentro entre la mente y la realidad.
Más allá de la moda o de las circunstancias, tres por cuatro son siempre doce. Pues, en buena ética, más allá del relativismo de turno y de la moral a la carta, cosas como la verdad, la justicia y la libertad tampoco pueden cambiar. Hay que pensarlo muy bien, no nos vaya a suceder como a aquel beduino que nunca se había visto en el espejo hasta que encontró uno botado entre la arena del desierto, se miró y, viéndose tan feo, estrelló el espejo murmurando: "Razón que te botaron".
Hora GMT: 17/Octubre/2009 - 05:15
