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LA ACUARELA ES DEMONIACA

Publicado el 21/Noviembre/1997 | 00:00

Quito. 21 nov 97. Una vez que se ingresa en el casco
colonial, hay que estar dispuesto a subir y bajar las cuestas
de sus calles y tratar de no perderse. Con el despiste con el
que suelo caminar temía que nunca asomara la esquina de la
Venezuela que se cruza con la Esmeraldas y encontrar la
Fundación Cinco. Pero asomó: una preciosa casa colonial, con
patio interior, portones grandes y anchos y muros recién
pintados, rehabilitados para el arte, para exponer los óleos y
acuarelas del maestro César Tacco y de tres de sus alumnos:
Cecilia Valdés, Fernando Saltos e Isabel Mera.

Ahora, a sus 80 años, con la boina y el cartapacio bajo el
brazo, es una suerte conversar con el maestro. Su edad y la
pérdida casi total de la audición lo han aislado del mundo
exterior a su taller y a su casa. ESta vez, por iniciativa de
sus antiguos alumnos, comparte esta muestra colectiva.
- ¿Desde cuándo en la pintura?

El arte es una vocación que nace con uno, el pintor no se
hace. Me quedé huérfano a los cuatro años y esto me obligó a
convertirme en hombre a los cinco, al tener que trabajar como
peón. Pero en mi pueblo, Amaguaña, las personas que tienen
habilidades que se destacan sobre las demás, eran solicitadas.
Entonces, me hacían pintar angelitos.

- Su obra en acuarela es quizá la más reconocida, pero también
expone ahora óleos...

He pintado óleos de manera esporádica, pero no tuve
oportunidad de hacer una colección de óleos, porque siempre me
compraban o subastaban.

- Siempre errando por los pueblos y la ciudad...

Es cierto. Incluso tengo una anécdota sobre aquello. En el año
50, Me llamaron al Instituto de Estadísticas y Censos para el
primer censo que se iba a realizar, pues necesitaban un
dibujante para el departamento de cartografía . Buscaban al
mejor alumno de aquella época, al mejor egresado de la escuela
de Bellas Artes, pero como yo iba vagando por la ciudad, sin
domicilio, entre Amaguaña y Quito, hasta que me encontraron,
después de tres meses de buscarme.

- Y mientras trabajaba, ¿a qué horas pintaba?

Yo entraba a la oficina del instituto de estadísticas a las
ocho de la mañana. Pero salía de mi casa a las cinco de la
mañana, salía del valle de los Chillos, tomaba el bus y me
quedaba en el lugar que me impresionara, allí me bajaba. Desde
las seis de la mañana, pintaba. Tomando en cuenta que pintaba
al estilo clásico de la acuarela, como era principiante, hasta
el último detalle. En mí, representa la angustia de captar los
colores, los amaneceres, la luz. La otra angustia, al no tener
reloj, calculaba la hora, pues tenía que estar en la oficina a
las ocho de la mañana.

- ¿Motivos de su obra?

He pintado más paisaje, pero tengo también mucha figura humana
(mendigos). Tengo estudios en crayones, plumillas, pasteles,
que hago siempre en la calle, no descanso nunca. No tengo
predilección, pero pinto el paisaje porque lo encuentro
siempre. Nubes, amaneceres, brumas. He pintado, sin
pretensión, soy el pintor que más he pintado a la ciudad de
Quito, que más la amé, a Quito la he pintado en miles de
acuarelas, sus casas coloniales, los patios, zaguanes,
interiores, calles, panorámicas, desde San Juan, todo el casco
colonial, sus montañas, esa topografía caprichosa, que nadie
se fija, solo yo, el soñador, el loco. El cambio de la ciudad
ha sido violento y lo veo con pena. Muros derruidos, flores,
campos abiertos, nubes, casas, cabañas.

- La técnica en la acuarela, parecería que humedece la
cartulina... Captar la fugacidad de los colores, con la
velocidad del movimiento, yo logro fundir los colores, no
humedeciendo la cartulina, sino con la velocidad. Pinceladas,
la acuarela es demoniaca, la acuarela es mancha, espontánea,
sugerente.

- Y del óleo?

Oleo con espátula, porque con pincel mi temperamento no lo
permite, he roto muchas cosas en el óleo, con pincel el
problema es que por las cerdas, como primero se trabaja el
oscuro, penetra a lo oscuro y se ensucia el color, en cambio
con la espátula queda flotando sobre lo oscuro los colores
brillantes.

César Tacco seguirá dando clases de pintura y creando en la
soledad de su taller. "Yo pintaba como un campesino abre la
tierra, tira la semilla y deja que crezca, yo no sabía quién
era.

Ahora, recién -reconoce- estoy defendiendo mi obra,
valorándola." (DIARIO HOY) (P.7-B)

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