"A lo mejor no queremos que nos cambien la cabeza y nos confisquen la lengua". Con estas palabras, el mejor deportista ecuatoriano de la historia terminó sus primeras declaraciones luego de triunfar nuevamente en unas olimpiadas. Antes había hablado de las diferencias -de financiamiento, de apoyo operativo, de infraestructura- que generan las brechas entre Rusia y el Ecuador. Previamente Jefferson Pérez había emocionado a todo el país con una actuación impecable, inteligente y en la que demostró tener unas condiciones y un corazón excepcionales. A los que sabemos qué significa correr 20 kilómetros en 1h19m, podemos comprender la grandeza de alcanzar ese tiempo marchando.
Lo increíble de Pérez es que, a pesar de hacerse un nombre lleno de gloria prácticamente solo, ha reivindicado sus logros en nombre del país. Siente al Ecuador como su razón de ser. Su historia es sintomática. En el deporte, como en muchos otros ámbitos, la ausencia o las deficiencias del Estado han sido la norma. Uno nota esa diferencia cuando compara y observa que la cosecha de medallas, en el caso de los países líderes del medallero, está íntimamente relacionada con el apoyo estatal, con independencia de su ideología. Ante esas ausencias el camino al éxito, en el caso de Pérez, ha sido el de la autogestión y el del desarrollo de una voz propia y autónoma. El de una libertad de conciencia que no está sujeta a los vaivenes de los dirigentes deportivos ni de las autoridades de turno, algo bajo lo que sí se encuentra la mayoría de deportistas de élite ante la falta de políticas permanentes.
En su momento de triunfo, Pérez manifestó su preocupación y sintetizó el temor de que la Constitución se convierta en un instrumento de legitimidad de una ideología incuestionable. Ese temor deviene de lo que ocurre en lo cotidiano: muchos han seguido su camino más allá del Gobierno, que manifiesta querer recuperar su majestad por la vía constitucional, pero se muestra como un camino inequívoco que imbrica ideologías y visiones de vida contrapuestas. Además utiliza el "poder popular", como en el caso de la Universidad Católica de Guayaquil, para responder con violencia a sus detractores y lavarse las manos. El Ecuador va más allá de eso. Lo muestran los logros personales que sociabilizan e integran a todos.
Pero esas iniciativas necesitan un espacio que debe ser garantizado no solo en la Constitución, sino con una actitud que acoja al que piensa distinto. La contradicción entre el texto constitucional -que trata de abarcar la diversidad- y la actitud real -que rechaza al opuesto- es un sinsentido que abre más interrogantes que certezas.
Hora GMT: 21/Agosto/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Juan Jacobo Velasco
