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J.E. Adoum

Publicado el 07/Julio/2009 | 00:07

Cecilia Velasco


cevelasco@hoy.com.ec

En uno de los encuentros literarios en Cuenca, hace tal vez una década, el objetivo central fue celebrar la presencia de dos de las voces líricas más importantes, Jorge Enrique Adoum y Efraín Jara Idrovo, como aquellas que encarnan la tradición literaria que se honra y hacia la que se siente gratitud.

Los estudiosos de la literatura o los poetas convertían, simbólicamente, a Jara Idrovo y a Adoum, en sus progenitores. Así hago yo en estos primeros días de julio de 2009, cuando Jorge Enrique Adoum acaba de cumplir 83 años. Había nacido en junio de 1926, como mi padre, ese obrero ilustrado en quien tanto he pensado en los últimos meses. Con las obvias distancias del caso, a los dos, a mi padre y a Adoum, vi reducirse materialmente mientras, al mismo tiempo, su energía y espíritu parecían estar viajando "en hueso y soledad" hacia otra dimensión, en la que nadie habría podido darles alcance.

¿Puede servir como consuelo saber que estas páginas -Dostoievsky, Rilke- que el azar o las búsquedas me han conducido a leer o releer ardientemente en estos mismos días fueron consumidas, hace décadas, por Jorge Enrique Adoum, el gran poeta ecuatoriano que nos deja? ¿Da una dimensión de grandeza al dolor la comparación entre las páginas de T.S. Eliot en Tierra baldía con las de Los cuadernos de la tierra de Adoum, en las que las voces vivas que nos hablan están mezcladas con las voces de los muertos? ¿Besa ya, ahora, Adoum la calavera del hombre de Punín, padre adoptivo del poeta, y es la imaginación de ese beso sagrado entre muertos lo que me da la certeza de que solo la poesía sublima las pérdidas?

Allí están las fotografías de Jorge Enrique Adoum, aquellas que su esposa y viuda, Nicole, ha decidido colocar sobre la preciosa vasija de barro, como ha dicho ella, "para que todos lo recuerden como fue hasta el final".

En la urna milenaria, decorada con motivos nativos, bajo las imágenes de los ojos turcos y la sonrisa enorme, están las cenizas del poeta. "Padre ¿estás ahí?" ("Venas que humor a tanto fuego han dado,/ médulas que han gloriosamente ardido").

Rendir un homenaje al poeta, inclinar la cabeza y entrar de puntillas a los recintos del dolor y lo elevado traen consigo que otras voces acudan, que se recuerden, casi sin querer, pasajes de textos en los que la muerte y su vacío irremediable, su viudez y su orfandad fueron nombrados; así, me vienen estos versos de otro grande al que Adoum amó, el faquir, César Dávila Andrade: "Vile mucho. Mucho vile, y le encontré el pecho. Era un hueso plano. Era un espejo. Me incliné. / Me miré, pestañeando. Y me reconocí. Yo era él mismo". El padre de ascendencia árabe, el padre indígena, el que soñó en la revolución, el que amó las palabras… la porosidad de los huesos, las cenizas amadas "del aire al aire, como una red vacía", no son otras que las del que nos procreó. Somos su reflejo y su prolongación en nuestro desbocado y adolorido ejercicio de apropiación.

Hora GMT: 07/Julio/2009 - 05:07

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