Enrique Valle Andrade
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Soy un mero cinéfilo al que agrada sobremanera conocer las buenas obras del arte cinematográfico cada vez que la fortuna le permite apreciarlas en la pantalla de un cine o en la de la televisión casera, placer que no es tan frecuente, condenados como estamos todos los que compartimos este placer a tanta producción mediocre que homenajea a la violencia estéril y los despliegues de fantasía extraterrestre que no siempre son del agrado de quien gusta de ver cine de calidad. No tengo por ello pretensiones de crítico cinematográfico y, como cuando en ocasiones como esta, me aventuro a emitir opiniones sobre alguna producción que me ha impactado, lo hago no con afán de analista especializado, sino como un hombre de mediana cultura que desea compartir ciertas inquietudes nacidas luego de tener el placer de disfrutar de una obra de calidad.
En esta ocasión, más que a la obra, me referiré al personaje. Invictus es una producción que trata del ejercicio del poder por parte de Nelson Mandela, legendario líder sudafricano, que, luego de pasar 27 años recluido en prisión y sometido a trabajos forzados por la justicia blanca que dominó su país desde la fundación, sale de las mazmorras por obra de la presión de las grandes masas y de la opinión pública internacional y asume por inmensa mayoría el cargo de presidente para enrumbar a su nación por sendas distintas a aquellas que les marcó el régimen del apartheid.
La historia ha sido pródiga en mostrarnos los efectos y los excesos del odio, especialmente cuando proviene del resentimiento acumulado por aquellos que fueron objeto de la persecución, del destierro, de la prisión o de la pérdida de su seres queridos por obra del ilegítimo ejercicio del poder, utilizado para acallar y acanallar al adversario. Cuando quienes han sido víctimas del rencor llegan por obra de los acontecimientos a invertir el balance de poder y asumen el control de la fuerza, la consecuencia inmediata es la venganza; llega el momento del castigo a quien infligió el daño; hay que cobrarle en carne propia, incluso con la vida. Así, se desarrolla la cadena interminable de los odios viejos y los odios nuevos, que condenan a la sociedad a mirar atónita cómo el poder, que debe ser ejercido para garantizar la paz y elevar la condición de bienestar del pueblo, se convierte en mecanismo de retaliación y persecución del enemigo.
Eso no ocurrió con Mandela. Su alta condición humana y su nobleza de espíritu, propia de los grandes estadistas, lo llevaron a desechar cualquier expresión de venganza y desquite, reprimiendo las ínfulas de revancha incluso en personas de su familia. Sabia actitud, pues no se puede construir el futuro sobre los escombros que dejan la enemistad y la malquerencia. Digno ejemplo que deberían imitar aquellos que, ascendidos a altas dignidades, encuentran en su transitoria supremacía la oportunidad de desahogar antiguos resentimientos, fraguar revanchas largamente fermentadas y condenarnos a ser mudos testigos del interminable corsi y ricorsi del odio.
Hora GMT: 10/Febrero/2010 - 05:05
