Rodrigo Tenorio Ambrossi
tenorior@hoy.com.ec
¿Ha llegado el momento de aceptar que se ha impuesto, de una vez por todas, el imperio de la crueldad en el tránsito de la vida diaria? ¿Es que de tanto mirar el rostro vacío de la muerte dada ya nadie debería escandalizarse ni sufrir ni gemir ni llorar? En Quito, dos jóvenes son quemados vivos. El uno pasó al mundo de los llantos y dolores infinitos por lo inexplicable y absurdo de una muerte que supera toda posibilidad de comprensión. El otro da batalla a la muerte y pareciera que finalmente vivirá con las marcas imborrables de la crueldad.
¿Qué nos acontece? ¿Por qué la crueldad ha invadido el territorio entero de nuestra vida cotidiana hasta el punto de que cualquier extremo de sufrimiento está ya siendo asumido como parte de la vida diaria, de una nueva normalidad perversa? Ya nada debería llamarnos la atención ni escandalizarnos porque en esta nueva cultura todo está permitido y todo es legítimo, vivir y morir, asesinar y dar a luz al hijo, quemar la vida y los derechos en las hogueras de la carne y del martirio. Los asaltantes de bancos y de casas, los que acechan en la oscuridad, los que se sienten ofendidos por cosas nimias o grandes, todos esos caminan resueltos a asesinar al adversario, al que supuestamente ofendió, al que posee lo que el otro desea. Asesinar se ha convertido en el nuevo deporte que se juega en las canchas de los desacuerdos, de los conflictos, de las envidias y los celos. Nadie que te miró mal, que deseó a la mujer de tu deseo. Nadie que te debe y no te paga. Al que debes y no merece que le pagues. Nadie que posee aquello que hace más evidentes y quizás insufribles tus carencias. Nadie que alardea de su vida cuando te sientes muriendo. Ninguno de esos tiene derecho a vivir. La crueldad es múltiple, se presenta en su desnudez absoluta cuando se asesina por razones baladíes, por un quítame estas pajas, por un puñado de monedas, por diferencias en el pensar y en el amar.
Estas dos antorchas humanas permiten ver que, tras ese gran telón hecho de violencias inauditas, hay un Estado atravesado y quizás hasta sostenido por la crueldad, por la falta de límites, por cierto quemeimportismo, por esa innombrable lasitud moral que invade, como mala hierba, los espacios de la territorialidad simbólica del país. Esas antorchas de gritos y de angustias cuestionan a todos sobre los principios que sostienen la vida cotidiana, sobre los regímenes de la justicia, sobre el valor de las leyes, sobre el sentido de los alegatos públicos que no cesan de hablar de un nuevo orden que no aparece. Sobre la sinceridad de quienes podemos hablar y sobre la validez de los aplausos de quienes idolatran los discursos, el gesto, la promesa e incluso la violencia.
Autor: Rodrigo Tenorio - tenorio@hoy.com.ec Ciudad Quito






