Por Jorge Dávila Vásquez
Escritor
El mayor de los poetas cuencanos de todos los tiempos, César Dávila Andrade (1918-1967), sentía un amor tan inmenso por Elisa, su madre, que cada vez que podía se volcaba, por escrito, hacia ese afecto único, incomparable. Seguramente, en la vida real era así de amoroso con su progenitora o, quizás dominado por esa timidez que confiesa en su poesía, se quedaba en silencio, contemplando el rostro marchito y el cuerpo encorvado de esa sacrificada mujer que se pasaba atada a la máquina de coser, de sol a sol, y que él amaba "en todas la mujeres", en todas las madres."
Un día de esos que, convencionalmente, se dedican a la madre, le escribió su poema más conocido, y seguramente el mejor que sobre el tema se haya producido en la literatura ecuatoriana. Hablo, como el sagaz lector ha adivinado, de Carta a la madre.
En esa misiva lírica, Dávila hace un público derroche de amor filial, en un lenguaje que mezcla lo coloquial, el tono de conversación, con una cadena de imágenes de maravillosa factura. La madre es vista de un modo discretamente hiperbólico, pero muy efectivo desde el punto de vista poético. Todo tiene una leve pincelada de exageración literaria y funciona de modo conmovedor, pero sutilmente estético. Ella ama "con el dolor de Cristo"; su trabajo se transforma en las "mil noches de costura" que le han llagado los ojos; sus cartas son escritas "con romero y pestañas azules", y la "malva morena" de sus "sagradas manos/ tiembla ya con el viento que gira en la ventana".
Este tipo de literatura roza lo ramplón, lo indiscreto, lo excesivo. Pero en Dávila, poeta en el perfecto sentido del término, todo se vuelve delicadeza y palabra transformada en obra de arte. Releer la "Carta" que -preciso es reconocer ha sido destrozada por más de un mal recitador- es un muy sentido homenaje a esos bellos seres que nos tuvieron en su seno por largos e incómodos nueve meses, y que nos aman o han amado todos los días de nuestra vida.
Hora GMT: 09/Mayo/2009 - 05:08
