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¡Ha resucitado!

Publicado el 29/Marzo/2008 | 00:00

El calendario de la Iglesia católica asigna 50 días para celebrar la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Va desde el día de Pascua, en que María Magdalena vio el sepulcro vacío, y más tarde al Señor, hasta el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles reunidos en oración con la Virgen María en el Cenáculo. Siete semanas cada año van posicionando en nosotros, con buena pedagogía, esa certeza de la fe que se extendió por la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén a partir de unos testimonios dados por aquellos a quienes se apareció Jesús durante 40 días antes de subir definitivamente a los cielos. El que quiera acercarse a la fe cristiana debería comenzar por leer estas narraciones del Nuevo Testamento que rezuman autenticidad en el candor de unos testimonios inexpugnables, y que nos trasmiten la verdad de una experiencia auténtica, porque no ocultan ninguna de las ambigüedades que cualquier manipulador de los hechos hubiera evitado en su exposición.

La coherencia de los acontecimientos de aquel domingo nace de su interior y esa es precisamente la gran fuerza que tienen para convencernos.

Fijémonos, por ejemplo, en el capítulo 20 de San Juan. En una sola página, nos cuenta el apóstol, que se oculta delicadamente tras la figura del “discípulo a quien Jesús quería”, toda aquella jornada intensa y gozosa.

Tenemos dos escenarios, el del huerto del sepulcro vacío, y el de la casa con las puertas cerradas para esconder a los miedosos discípulos. En el huerto, María Magdalena piensa que “se han llevado al Señor” y avisa a Pedro y a Juan, que acuden a constatar los hechos. Ellos retornan a la casa, Juan creyendo ya y Pedro todavía no, pero María se queda llorando. Ve y oye a Jesús, pero no lo reconoce, lo confunde con el jardinero. Pero cuando la llama por su nombre, entonces toda ella se ilumina y le contesta “Rabbuní”, es decir, mi Dios y Maestro. En ese instante lo entendió todo, que Jesús vivía, que había vencido a la muerte, y que era Dios. Entonces se abraza a Él y recibe la misión de avisar a los hermanos de que “Jesús sube al Dios y Padre” de todos. Les cuenta su experiencia: ha visto, ha oído, ha tocado y ha hablado con el Señor.

Esa misma tarde, Jesús irrumpe en la casa con las puertas cerradas. Allí están los discípulos temerosos. El les da la paz, les muestra las manos y el costado, les confía su propia misión, les comunica el Espíritu Santo y les confiere el poder de perdonar los pecados. Los discípulos se alegraron de haber visto al Señor. Pero faltaba Tomás y no se deja convencer: “Si no veo y no toco sus llagas, no creeré”. Una semana más tarde volverá Jesús a aquella casa, allí están todos. Jesús se dirige a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”.

Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío” y Jesús le replica: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que crean sin haber visto”. Esta bienaventuranza nos alcanza particularmente a nosotros, que no hemos visto al Señor y, sin embargo, creemos en Él y nos alegramos cada año con su feliz Resurrección, signo y promesa de la nuestra, después de la muerte, en la salvación eterna

Hora GMT: 29/Marzo/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad QUITO Autor: Por Roberto Fernández

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