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Guardias de seguridad revelan vivencias al interior de sus casetas

Publicado el 10/Febrero/2009 | 00:07

Guardianes de La Gasca, La Floresta, La Granja, Quito Tenis, Las Casas y la Pradera abren la puerta de sus moradas

Entre las 09:00 y las 18:00 varios barrios de Quito se quedan en solitario. Lapso silencioso en el que las calles se convierten en un escenario con un solo protagonista: el guardia.

Trabajan entre 12 y 24 horas seguidas. Recorren las aceras de lado y lado, vigilan su calle, su manzana. Por lo general tienen entre seis y 10 casas a su cuidado.

Ayudar a sus vecinos está entre sus prioridades, así como identificar a personas que atenten contra la seguridad de su barrio.

¿Dónde están cuando nadie los ve?: en sus casetas. Minúsculos espacios de un metro cuadrado por 2,20 m de longitud, donde guardan sus tesoros. (DS)

Un espacio acoge lo indispensable


En la pradera

El reloj marca las 18:00. Víctor Yanza está listo para empezar una nueva jornada. Lleva su uniforme. También su chaleco antibalas.

Las ventanas de su morada están cubiertas por cortinas. Cada una de una tela con estampados distintos. Guarda cuadernos, esferos. Un calendario que es a la vez reloj. También tiene una cocineta eléctrica. "Cuando tengo el turno de la noche me preparo mi merienda. También hago café, para el frío, con dos ollas, un jarro, un plato, un par de cubiertos, es suficiente".

Tiene también una virgen y un ángel que recogió. "Soy católico, creo en la única madre de Cristo, ella me cuida". Pasan las horas. ¿El sueño? Ya no existe para Víctor. Cuando termina la programación de la televisión, medita: "En la vida, en la familia, en el peligro, en el salario, pero sobre todo, en la vida", dice sonriendo.

Su servicio en el centro médico


Trece horas de vigilancia en él centro médico Pasteur. De 07:00 a 18:00 y de 18:00 a 07:00.

Víctor yanza tiene 57 años. Se ha dedicado 17 años al oficio de la guardianía.

Morada cargada de nacionalismo


En la av. la gasca

16:00. Jorge E. está casi al término de su jornada. Viste pantalón gris y camisa azul. Sentado en silla acolchada espera que caiga la noche para entregar a su compañero la "cuadra intacta".

Cuadernos y revistas de toda temática ocupan la estantería de su caseta de madera, en la que se destaca un símbolo de gran importancia para él: el tricolor nacional. "Ser ecuatoriano es un orgullo que debe ostentarse, por eso muestro aquí mi bandera".

"No tengo muchas cosas, porque comparto la caseta con un compañero que vigila en las noches. Pero eso sí, tenemos algunas cosas que usamos los dos: aguja e hilo, para coser nuestros uniformes", sonríe.

16:40. Jorge revisa sus apuntes: "Hoy no ha habido novedades, siempre las anotamos, pero hoy me voy tranquilo", confiesa.

Un trabajo a tiempo completo


Jorge Escobar tiene 71 años. Hace nueve trabaja como guardia en el barrio La Gasca ( norte de Quito)

Domingo a domingo, de 07:00 a 19:00. Alterna una semana en el día y otra en la noche.

Un taller reemplaza a la caseta


Entre la isla y selva alegre

Amarillo, azul y rojo son los colores que visten a la caseta de Luis Baquero. " Decidí pintarla del tricolor nacional justo cuando el Ecuador clasificó dos veces al mundial". explica.

Su morada apenas tiene espacio para él. "Vendo periódicos, dulces, hago trabajos de plomería, carpintería y electricidad". Por ello: sierra, taladro, martillo, clavos, tachuelas, son solo algunos de los compañeros de este guardián de Las Casas.

"Cuando vine, me di cuenta que la gente requería no solo de un guardia de seguridad, sino de alguien que brinde más servicios", explica.

La música llena a Luis de energía para trabajar. "Me encanta escuchar salsa, merengue, temas alegres. La gente del barrio ya me conoce. Sabe que aquí encuentran de todo. Desde una sonrisa hasta un clavo. El ser guardián es solo uno de mis oficios".

'La TV: un artefacto indispensable'


En las casas

Entre las pocas cosas que César Vera guarda en su caseta acoge un artefacto vital: su televisor. "Tiene radio incorporado, pero cuando lo escucho por mucho tiempo, ya no se puede ver televisión, el aparato se recalienta y no se ve la imagen", sonríe.

Entre otras cosas, mantiene su vajilla impecable, un galón de agua y, aunque no se considera vanidoso, un espejo.

Cuando cae la noche, el temor de ser arrollado se apodera de su mente. "Yo estaba en mi caseta, un carro chocó contra ella y me arrastró más de dos metros". Desde entonces y aunque reubicaron su morada, César prefiere permanecer fuera.

00:30. El tiempo pasa lento. Un termo con café es algo con lo que en ocasiones puede contar. "A veces los dueños de casa me dan café; cuando no es así, ahí sí necesito el televisor".

Un día completo para cuidar


Los turnos de César son de 24 horas. Descansa un día luego de cada jornada laboral.

Tiene 22 años de edad. Hace ocho meses se dedica a la guardianía en la capital.

Caseta con función de guardarropa


Quito tenis

Son las 16:40. La jornada de Alberto Bedoya casi termina. Su caseta de madera barnizada se ubica en el barrio Quito Tenis. Tiene bajo su responsabilidad el cuidado de seis casas.

Según Alberto, este espacio, más que una morada, hace las veces de guardarropa. "Aquí tengo mis uniformes, un tolete, paraguas y un televisor pequeño". Muestra su interior. Luce impecable. "No necesito cocina porque los dueños de las casas se turnan para darme la comida", explica.

¿El frío? "Es mejor, me mantiene despierto, pero cuando recién llegué de Quinindé pasar un minuto fuera de la caseta era insoportable. Ahora, la mayoría del tiempo paso afuera. Cuando llueve, ahí si entro, aunque sea para ver las noticias".

Pero pese al frío y la lluvia Alberto asegura que está contento de vivir en la capital. "Me gusta trabajar en Quito, la gente es muy amable, respetuosa; aunque mi esposa me dice que busque otro trabajo, le da miedo que me pase algo", sonríe.

Alberto no se ha enfrentado a grandes peligros. "En los nueve años que llevo aquí, gracias a Dios nunca ha pasado nada", concluye.

Trece horas de vigilancia


Alberto Bedoya cumple un horario de 13 horas laborales. Trabaja de 07:00 a 18:00.

Tiene 32 años. Llegó a la capital cuando tenía 21 años. Vive aquí junto a su esposa.

Un lugar para meditar en solitario


En la floresta

17:30. Un bolero se escucha cerca de la calle Mallorca. Desde La Coruña, en la Floresta. El sonido sale desde una caseta de madera pintada de amarillo. Un letrero dice: "Abierto".

Desde la ventana se divisa varios discos compactos, revistas y un termo. Llega Luis Tello, con una gran sonrisa. Comenta: "Me encanta la música romántica, también leer. Me gusta enriquecerme como ser humano".

Abre la puerta de su caseta, un espacio donde mentaliza sus espectáculos en los que actuará el fin de semana. "Tengo un trío musical, por eso jamás me aburro en mi caseta. Siempre estoy pensando en que el sábado voy a cantar un bonito vals: "Ciudad Blanca", por ejemplo".

Los boleros como "Flor sin retoño" están entre sus favoritos. Al hablar de pasillos Luis sonríe y evoca "Sendas distintas". Temas infaltables dentro de su repertorio. Entre sus bienes más preciados, de los que acoge en su caseta, guarda un cuaderno que hace las veces de diario. "Este librito es importante, aquí anoto con quienes me he encontrado en los conciertos: Juanita Burbano y Segundo Rosero, entre los que más recuerdo", dice.

Entre la música y la seguridad


Luis Tello vive en Tumbaco. Trabaja como guardia hace nueve años, de 08:00 a 19:00.

Es jubilado. Solo trabaja en el día. Los fines de semana canta con su trío musical.

Hora GMT: 10/Febrero/2009 - 05:07

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