Por Margarita Laso
mlaso@hoy.com.ec
Hemos sentido el furor con el que se va levantando el carnaval del Ecuador. Raudo pasa con sus guirnaldas y espumas, raudo con sus chispas de alcohol y sus baldes de agua. ¿Y qué fue esto? ¿Un viaje? ¿Un desfile? ¿Fuentes generosas de tamales hornado mote? ¿La carne de durazno manzana guaytambo tomate de árbol? Polleras sobrepuestas de colores giran en las calles ecuatorianas, disfrazados, comparsas, músicos, candidatas que han tenido que pasar por recias pruebas para tomar sus lugares en los carros alegóricos. Ellas antes aparecieron en el escenario con bikinis y plumas, sufriendo la influencia de un carnaval caliente en estas alturas de hielo y lana.
Un pájaro azul en el frío atraviesa volando la garganta, es como tragarse un alma caliente. Un ángel con zamarros. Y se viene el juego. El contacto del agua, caída del cielo, y la harina de maíz, alimento de la tierra, se celebra en esta parte del mundo andino, en la que se expresan diversas culturas, en la que confluyen diversas influencias y visiones.
Las pelucas tal vez chinas, los ponchos de los cantantes y guitarristas que ofrecen las coplas, fino polvo blanqueando las cabezas y enormes sonrisas sorprendidas invitan a participar a propios y extraños. Por allí, van muchachas indígenas y mestizas con sus sombreros, jóvenes mojados con sus espaldas como plataformas de nuevos sueños. Si esta era una zona fría en verdad, aquí está un solazo: va de viaje por este callejón de valles, montañas y volcanes que lucen espuma en la cabeza. En otro tiempo, esta algarabía, los gritos por el agua helada, el baile, antecedían al recogimiento religioso de algunos mayores. Ahora, es socialmente difícil creer que se ha dado inicio a un ayuno colectivo, a la austeridad, a la contrición política. El carnaval ha pasado paradójicamente como un desfile de paz en medio de la feria de discursos abrumadores y agresivos. Y ya se fue. Es otro recuerdo. Como cuando en el barrio el juego se desbordaba a la calle y en la vereda se disparaban los fugitivos del agua. Como cuando era el
tiempo para aprender los nombres de los vecinos, integrar a los desconocidos, oír sus voces.
Aquí estamos ateridos, los dientes de los niños zapatean con sus pasos de escuela, aquí estamos con el pelo milagrosamente recogido en unas motas chorreantes, aquí las lavacaras y tazones que tanto buscaron la alianza con otros jugadores, la solidaridad de las mujeres, la clemencia de los demás. Aquí estamos empapados, pensando que es posible asaltar el grifo y dar una lección de agua limpia a sus dueños temporales. Aquí recordamos con el sol que cae a la abuela que nos enseñó algunas artes de la renovación y la fiesta. Aquí la vemos llenar el tanque de la lavandería. Aquí retenemos su rostro divertido, su risa de llave abierta, gozando.
Con esta cosecha de ropa mojada, hay que empezar otra vez. Aquí dejó el carnaval el abrazo, el encuentro cierto, las palabras que sanan: nunca el corazón reclama/ lo que a él le pertenece/es cual pájaro en la rama/que canta cuando amanece.
Hora GMT: 20/Febrero/2010 - 05:06
