Segundo E. Moreno Yánez
smoreno@hoy.com.ec
La esencia de la filosofÃa druÃdica entre los celtas, como de la órfica griega, era "panta rhei": todas las cosas fluyen o todas las cosas deben girar eternamente. ¿Cómo podemos zafarnos de la reincidencia en esta rueda eterna? Este enigma pretendÃan solucionar los héroes solares, explica Robert Graves en su gramática histórica del mito poético: La Diosa Blanca (Madrid, 1984), y añade que el cegado Sansón, atado a la noria de Gaza (el firmamento giratorio), resolvió el problema "derribando las columnas del templo, de modo que el techo se derrumbó sobre todos". Los órficos tenÃan una solución más tranquila: en tabletas de oro, atadas a los cuellos de los difuntos, grababan un triple consejo: no olvidar el pasado; negarse a beber el agua del Leteo sombreado por cipreses; y aceptar sólo el agua del estanque de Perséfone, sombreado por avellanos. De este modo se convertÃan en señores inmortales de los difuntos. Añade el autor: "El ciprés estaba consagrado a Hércules, quien habÃa plantado el famoso bosquecillo de cipreses en Dafne, y simbolizaba el renacimiento. Y la palabra ciprés se deriva de Cyprus, llamado asà por su madre la Afrodita Ciprina. El culto del ciprés sagrado es de origen minoico y tuvo que ser llevado a Chipre desde Creta".
En muchas culturas hay la creencia de que los espÃritus de los difuntos animan a los árboles o han hecho en ellos su morada, por lo que se tiene cuidado para que no los corten o quemen. No es extraña, por lo tanto, la costumbre de plantar árboles sobre las tumbas o adornar con ellos los cementerios, a fin de que se fortalezcan las almas de los fallecidos y su cuerpo se salve de la corrupción. Para este propósito se han escogido los pinos y, particularmente, los cipreses siempre verdes, por ser considerados los árboles con mayor vitalidad y que, a pesar del invierno, conservan su lozanÃa. No hay que olvidar la creencia de que los espÃritus de los árboles otorgan las lluvias necesarias que multiplican las cosechas y los rebaños, y aun conceden un fácil parto a las mujeres.
Relata Publius Vergilius Maro, eximio poeta latino de "pastores (Bucólicas), campos (Geórgicas) y jefes (Eneida)", que mientras el "piadoso Eneas" se preparaba para ingresar en la cueva de la Sibila de Cumas, los troyanos plañÃan al difunto Miseno y quemaban su cadáver en un alta pira de leña resinosa "con oscuras guirnaldas en los lados / y al frente, erguidos, fúnebres cipreses", pues no era posible "pasar el ronco estero hacia la horrenda / eterna playa, si antes su descanso / no han logrado los huesos en la tumba". Y prosigue el Libro VI de la Eneida: "Pisa Eneas / el umbral, y lustrado en agua viva / enclava en el dintel el ramo de oro. / Cumplido todo, en regla con la diosa, / a unos parajes apacibles llegan, / los risueños vergeles que amenizan / el Bosque de la dicha, la morada / de bienandanza y paz".
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Autor: Segundo Moreno - smoreno@hoy.com.ec Ciudad Quito







