Diego Oquendo

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1 "… Un río, caudaloso a veces, apenas un arroyo otras, pero siempre dueño de un cauce (…), toda una profusa corriente de oralidad que corre entre dos riberas: la memoria y la imaginación": Carlos Fuentes. Esta era su definición de la lengua, la lengua española que él defendió a capa y espada, porque su condición de andariego amenazaba con trasvasarlo a otros dominios idiomáticos.

2 Cuando el escritor mexicano cumplió 82 años, hace muy poco, me quedé asombrado de su lucidez mental y de su apariencia saludable. Pero resulta que el corazón vivía su propia aventura… Y, finalmente, le jugó una mala pasada. Al morir un creador de su talla, en cada ser imaginativo se muere también algo de su propia inspiración. Siento que, al menos en este momento, mis palabras guardan silencio.

3 Voy a otros temas. Mientras escribo estas líneas (jueves 17 de mayo), no se ha cumplido todavía la audiencia de formulación de cargos que decidirá el destino penal de Pablo Chambers, José Quishpe, Gerardo Portillo y Víctor Hugo Hidalgo, veedores ciudadanos que se atrevieron a decir que Rafael sí conocía de los negocios de Fabricio. Ellos temían ir a la cárcel, y razones no les faltaban… La "nueva" justicia ecuatoriana -envejecida prematuramente- no es nada confiable.

4 A mí se me encogió el alma al saber de su erranza por cuatro embajadas en procura de tentar un asilo político. Sus quejas, voceadas en plena vía pública, les van a cerrar de hecho cualquier posibilidad de una respuesta positiva. Tales asuntos suelen llevarse casi en secreto. Entretanto, asistimos a un drama que duele en términos puramente cristianos. Junto a los señalados están sus familias. ¿Por qué deben sufrir la esposa, los hijos, los hermanos?

5 Capítulo así no les hace bien a Carondelet ni a su titular. Sufre la imagen internacional del país. Se activan los organismos de derechos humanos. ¿Qué está sucediendo en el Ecuador? El celo oficialista mete miedo. Pocos se atreven a seguir hablando con frontalidad. Es preferible ahorrarse dolores de cabeza. El señor economista -lo dije también en Radio Visión-, debería desechar su demanda. ¿Vale la pena desgastarse si nos sabemos dueños de la situación? Disculpe otra vez, señor presidente, que su aureola cobre mayor luminosidad.

6 Paso a algo menos amargo, un poquito más empalagoso: me enternecí al contemplar las fotografías en las cuales se ve al canciller Patiño dando de comer en la boca, fina cuchara de por medio (¡al diablo el protocolo de las momias cocteleras!), a un periodista chino que visitaba el Palacio de Najas. Le demostraba así las excelencias de las mermeladas occidentales, perdón, ecuatorianas. A su lado, una bonita joven de ojos rasgados disfrutaba de la escena. Muy probablemente se le hacía agua la boca… Con imaginación de novelista podría decir que el homenajeado exclamó, al término de la succión: "¡Ay, qué lico, don Licaldo!".