Jaime Acosta Espinosa
jjacosta@hoy.com.ec
Gracias a los boletines del Consulado de Israel en Guayaquil, sabemos que los Juegos Paralímpicos fueron iniciativa de Ludwig Guttmann, un neurólogo polaco, escapado de los nazis, luego de que milagrosamente salvó su vida y la de 60 personas, tras la explosión antisemita conocida como "La noche de los cristales rotos", en 1938. Guttman fue considerado como el padre de la "paraplegiología moderna". En su exilio en el Reino Unido, fue asignado al Hospital Stoke Mandeville, donde fundó el primer servicio mundial en el tratamiento de las lesiones de la columna vertebral. Su aporte científico para cambiar el pronóstico de esas enfermedades fue tan decisivo que la medicina distingue entre lesión medular antes y después de la intervención de Guttmann.
Para distraer a soldados heridos, aburridos y condenados a la postración en Stoke Mandeville, Guttmann lanzó, en 1948, por primera vez la paralimpiada que coincidió con los Juegos Olímpicos de Londres. Entonces se reunieron 16 competidores en silla de ruedas para competir en varios deportes. Estos juegos se volvieron tan populares que comenzaron a organizarse todos los años hasta que, en 1952, un veterano holandés hizo posible que los juegos se realicen por primera vez a nivel internacional. En 1960, Guttmann logró convencer a los organizadores de los Juegos Olímpicos de Roma que mantengan la estructura para que compitan 400 atletas en sillas de ruedas, procedentes de 23 países.
¿No sería terrible pensar que quien ha sufrido una grave lesión, en esta época que se dice tan favorable a los discapacitados, no vea más evasión posible que la inanición o la muerte? La competencia en las paralimpiadas demuestra que si el cuerpo está impedido, el corazón se mantiene íntegro y abierto a los desafíos y oportunidades de la vida. Esos deportistas llevan sus deficiencias con orgullo, como signo de su nobleza, como si su condición fuera un derecho que les trae ventajas antes que impedimentos. Cualquier defecto físico de la naturaleza humana nos hace recordar que el ser humano está destinado a fines más altos. Como que se precisan esos dolores, nimbados de esperanzas, para comprobar que las mismas cosas que pretenden aniquilar al hombre, le fuerzan a sentir que su cuerpo y su alma valen todavía más.
Así como la desgracia es un signo de vocación, gracias a las energías interiores, es también la iniciación a un porvenir luminoso, la invitación para ir a Dios y un desafío para merecer medallas paralímpicas. En esos discapacitados no hay solo un desarrollo de habilidades naturales, sino una auténtica victoria sobre uno mismo y sobre sus circunstancias.
El poeta Kabir compara la vida con la flor del loto: sumerge en el agua de la tribulación la mayor parte de su planta, pero la flor emerge a la superficie sin que el agua pueda tocarla. Sin embargo, nace de aquella y nunca florecería si sus raíces no tomasen vida y savia del agua fangosa. Nunca es más grande y maduro el hombre que cuando se yergue sobre su misma limitación, en medio de su más noble impulso.
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Autor: Jaime Acosta - jjacosta@hoy.com.ec Ciudad Quito
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