La nostalgia es un sentimiento que nos embarga por un pasado querido e irrecuperable, y que suele estar ligado a un solar lejano que añoramos y al que, quizás sin esperanzas, ansiamos volver. Cuando Raúl Andrade aborda este tema a propósito de la poetisa gallega Rosalía de Castro, recuerda estos versos tradicionales de Galicia, de donde tanta gente ha salido sin pasaje de vuelta: Airiños, airiños, aires,/ airiños da miña terra;/ airiños, airiños, aires,/ airiños levadme a ela. Es, entonces, un sentimiento de lejanía, relacionado con el tiempo y con la distancia. Ese sentimiento es el que me ha invadido con la lectura de Ficoa, mi historia, de Martha Molina Gómez (Ambato, 1945). La autora, ligada a mí por la sangre, y que naciera en aquel barrio de Ambato, que también fue mi barrio -ubicado al occidente de la ciudad, al pie de la colina de Santa Elena, y sembrado de huertos frutales y jardines-, rescata sus recuerdos y organiza algunos datos de interés local.
El resultado pertenece al género memorialista, en el cual se inscriben algunos libros publicados últimamente en el país. Y es que todos tenemos algo que contar, solo que por lo general no nos arriesgamos a escribir. Pero no se trata, para quien no es un escritor de oficio, de intentar altas cotas literarias; solo de expresarse con espontaneidad y con claridad, como se escribían las cartas antes de que aprendiéramos a chatear.
Martha Molina en estas páginas cumple esos requisitos, y en ellas deja un valioso testimonio de un tiempo y de una circunstancia cuyo interés va más allá de su entorno familiar. Ahora, Ficoa es otra cosa debido a las lotizaciones de sus quintas, a la división y subdivisión de esos cármenes cantados por poetas como Jorge Isaac Robayo, Rodrigo Pachano y Mario Cobo Barona. Ahí se han levantado numerosas urbanizaciones; la ciudad se ha extendido hasta allá e incluso esa agreste lomita, que era, y en la cual se recuesta Ficoa, se ha llenado del cemento armado, vidrio y aluminio de las modernas residencias. Y los senderos y chaquiñanes de otra hora han sido reemplazados por amplias calles adoquinadas.
Por fortuna, Martha Molina ha reseñado, para que no se pierdan, sus antiguas visiones de Ficoa, de una Ficoa que ya no existe; de los toros bravos que, anunciados por las bocinas de los indios, venían de los páramos de Quisapincha, rumbo al mercado de la ciudad; del tren, a cuyo paso acudía en tropel la chiquillería para saludar agitando los brazos a los pasajeros, de las fiestas de Corpus, que celebrábanse en la esquina de la cruz. O sea el escenario y los personajes de su niñez y adolescencia, que son, también, los de una pequeña comunidad cuya descendencia se ha dispersado por los cuatro puntos cardinales. A los que vivimos esos tiempos y disfrutamos de esa inolvidable arcadia, nos quema por dentro la abrasadora llama de la nostalgia.
Hora GMT: 30/Enero/2004 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad QUITO Autor: Por Rodrigo Villacís Molina
