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Fibra humana

Publicado el 23/Enero/2010 | 00:07

Por Margarita Laso

mlaso@hoy.com.ec

Un hombre, algo blanqueado por el polvo, saca de entre los escombros un ventilador. Es evidente que es fruto del saqueo el hombre. Está robando en este cementerio que han dejado los edificios caídos. Por allá, en otra dirección, soldados alejan a un grupo humano, enrarecido por el hambre. Se manifiesta de forma violenta pues, en el calor, la sed tiene las lenguas hinchadas. Estas personas tienen el cuerpo entero, solo algo desesperado por la falta de comida.

Aquí está un grupo de hombres y mujeres que tienen evidente preparación para el rescate. Miran hacia la mole de escombros extenuados. El espíritu que los sostuvo desapareció cuando descubrieron apenas dos cadáveres donde esperaban un sobreviviente. Los huecos que han cavado entre bloques de cemento y columnas vencidas solo permitían el paso de sus cuerpos a rastras. Han avanzado hacia la oscuridad llevando una lámpara en el pecho y una manguerita con salvadoras gotas de agua. Pero, esta vez, han regresado con los brazos caídos.

Acá, en cambio, están otros con lágrimas de euforia y alegría. Vieron irse la camioneta con la mujer de setenta años, que permaneció siete días debajo de la catedral destruida. Una cámara sigue a los rescatistas y registra la voz de la mujer que reza. O canta. Apenas separa los labios en esta camilla sostenida por el amor de hombres que hablan otras lenguas, que vienen de otros cielos, hijos, hermanos que, al sacarla de las ruinas, ponen al sol la bendición de la solidaridad humana. Son interminables los segundos que tardan en embarcar a la mujer, tal vez hacia una carpa o vereda hospitalaria. Y van pegadas las fibras del esófago. ¿Cómo es estar entre la piedra y la arena sin moverse, sin que el tiempo se mueva, sin aire, sin líquido, sin la suave saliva? En la camioneta se alcanza a ver que alguien sujeta un suero, uno de los jóvenes -en este caso, mexicanos- vierte en la boca de la mujer hilos de agua ayudado por la tapa de una botella. El agua es la luz. Y una gota comienza la esperanza. La abuela bebe el espíritu de los músculos que la sacaron del polvo y del miedo.

Y, conforme las gotas logran atravesar sus ruinosos pasos guturales, el cuerpo parece adquirir de nuevo cierto volumen, cierta presencia terrena. Estar vivo es conservar el cuerpo. El angustiado y hambriento cuerpo que empuja a los grupos humanos como clanes o pandillas a deambular y delinquir con los ojos apenas retenidos en el rostro.

Las noticias que llegan de Haití son imborrables. Cientos de amputaciones deben adelantarse por falta de medicamentos, por falta de antibióticos. La gangrena es la trágica amenaza, las heridas se llenan de larvas y la cirugía se vuelve radical. Pero hay pruebas de que aún con el cuerpo mutilado, la vida se guarda con gratitud. Por eso se sigue alentando la movilización de la sociedad ecuatoriana. Sangre, medicinas, enlatados, vuelan ahora en el HOY Express, cargado de la compasión del país ecuatoriano. El avión de acero es apenas una partícula de fibra humana en el cielo, pero brilla como una gota de agua que salva vidas.

Hora GMT: 23/Enero/2010 - 05:07

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