Federico María Sanfeliú
sanfe@hoy.com.ec
Parece que se ha reabierto entre nosotros una vieja reivindicación de las feministas –defensoras de los derechos de la mujer, muchas veces vulnerados en nuestra sociedad-: el derecho a disponer de su cuerpo y de una posible maternidad, reivindicado el derecho al aborto.
He de manifestar mi proximidad con el movimiento: la discriminación hombre-mujer es una injusticia, y hoy es universalmente insostenible. La sociedad ecuatoriana debe borrar cualquier desigualdad de hecho y de derecho.
Otra cosa es que se pretenda justificar con ello el derecho moral al aborto. Y la razón última que podemos presentar es el sabio principio "Toda persona es única, tiene derecho a la vida. Mi libertad termina donde empieza la de otro ser". Lo expresó muy bien el teólogo González Faus: "Nadie tiene derecho a eliminar una vida que está ya humanamente programada. Se busca moralizar el aborto arguyendo desde el "derecho al propio cuerpo" y los "derechos de la maternidad". Pero esos derechos (como casi todos) tienen un límite: nadie puede esgrimir un derecho contra el derecho de otro: de lo contrario, el violador tendría derecho a violar "porque se lo pide el cuerpo". Y la mujer, derecho a abortar hasta en el noveno mes (y echar luego los fetos a una trituradora como se hizo en Barcelona). La maternidad tampoco da derecho a la mutilación genital de una hija, ni a prostituirla para ganar dinero: pues el misterio de la maternidad consiste en esa maravilla de algo que, siendo en algún sentido propio, es a la vez extraño. Y lo es por su contextura vital, no por su tamaño o su edad".
Hay otras muchas razones para oponerse: la defensa prioritaria del más débil y las terribles consecuencias que sufre anímicamente la mujer que abortó.
No ha de extrañarnos que la fe católica tenga por un grave pecado el producir o colaborar en el aborto. "Se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde su concepción. El aborto y el infanticidio son crímenes abominables" (Vaticano II, GS 51).
Como todo eso ocurre en una sociedad pluralista, como es el Ecuador, que ha de velar por el bien común y por la paz y estabilidad de todos sus miembros, entre los que hay diversas valoraciones morales, el legislador civil, las Leyes del Estado, pueden y debe procurar que el hecho del aborto, pueda realizarse en las debidas condiciones –plazos para que sea lícito practicarlo, libertad para que el personal médico obre en conciencia, debida autorización de los padres para las jóvenes hasta cierta edad, por citar ejemplos-. Las leyes civiles no fundamentan ni respaldan el sentir de la fe cristiana. Tiene su propia valoración, fundada en una ética plural de Mínimos que todos debemos respetar y tener la sensibilidad para no condenar a nadie desde nuestros propios valores.
Autor: Federico María Sanfelíu - Ciudad Quito
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