Por Sebastián Vallejo *
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La UNE es uno de los pocos gremios que ha alcanzado su objetivo global: socializar la educación. Dada la mediocridad del sistema educativo público en el Ecuador, la UNE ha socializado la mediocridad. Han usado como estandarte una política de desinterés y comodidad patrocinada por una serie de dirigentes que eventualmente terminan como militantes del MPD. La actual portavoz de la UNE, Mary Gavilanes, es un claro ejemplo del afiliado medio: florido lenguaje acompañado de una carencia de argumentos y delirios de persecución. Porque las evaluaciones docentes han sido de tal forma descritas: de persecutorias. Evaluaciones que son procedimientos estandarizados y comunes en países tan disímiles como Cuba, Chile, Israel, Suiza, Estados Unidos, Argentina... En fin, cualquier país que se digne tener una educación medianamente aceptable.
¿Habrá un miedo en el magisterio por poner en evidencia la mediocridad de su trabajo? Puede ser. Pero es un miedo sin fundamentos. La mediocridad de su trabajo ya es vox pópuli. Los bachilleres ecuatorianos tienen conocimientos elementales, cuando los tienen. Las pruebas Aprendo fueron únicamente la certificación institucionalizada de un sistema que perdió el año. Las antiguas glorias, aquellos insignes colegios que alguna vez albergaron a grandes mentes, ahora son un recuerdo vago que ha dejado de impresionar. Era cuestión de tiempo que los alumnos focalizaran sus protestas en los profesores.
Lo que comenzó como una política de Estado se ha convertido en un clamor general. Un país donde la educación pública es temida, donde los profesores están atrincherados en sus cargos protegidos por candados gremiales, donde el diálogo es el insulto, donde la ley es el mínimo esfuerzo, es un país que estará estancado en el oscurantismo intelectual y destinado al fracaso sistemático. La evaluación docente debe ser para un profesor un elemento que le ayude a corregir sus falencias y aprovechar sus virtudes; una herramienta que, además de incentivarlo, le permita actualizar sus conocimientos y mejorar como profesional. Un maestro que valore su trabajo debe sacar provecho de las evaluaciones, no esconderse bajo el velo de un gremio decadente.
Cuando la mentalidad sea progresista, cuando la indiferencia sea castigada, cuando la excelencia sea la más baja aspiración, cuando el trabajo propio sea valorado, entonces la educación sera una educación de calidad, entonces tendremos país. Mientras el puesto de maestro sea trinchera y no satisfacción, mientras el profesionalismo esté estancado por ideologías muertas, mientras la amenaza de huelga sea la praxis institucional, seguiremos viviendo la misma mediocridad y la misma desigualdad social que tanto condenamos.
*Estudiante universitario
Hora GMT: 14/Junio/2009 - 05:04
