Por Marco Lara Guzmán
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Mientras en las edificaciones la estabilidad suele literalmente asentarse sobre los cimientos, en las construcciones sociales, si vemos el Ecuador, dicha estabilidad proviene de las techumbres, es decir, de los gobiernos o, más exactamente, de las personalidades gobernantes.
Puede ser simplista la aseveración, pero es absolutamente verificable. Una carta de un importante lector ha mencionado las tres décadas que los ecuatorianos hemos perdido, refiriéndose a los últimos 30 años. Es cierto que, tras ese lapso, deberíamos estar significativamente mejor de lo que estamos, pero también es verdad que es constatable el adelanto material en campos y ciudades, aunque todavía seamos acreedores de avances en educación, salud y empleo.
La mayor carencia está, como no podía ser de otra manera, en lo propiamente político y, especialmente, digo yo, en la poca maduración de las concepciones democráticas de las gentes, desdeñosamente alejadas de la vida en común, que es la suprema noción cívica, y, por ende, de la actividad política.
Algo de historia. Dicha desdichada treintena no ha sido la primera ni ha dejado de tener paréntesis importantes de estabilidad democrática. Recuérdese, por ejemplo, lo que fue la famosa década trágica de los años treinta, con 17 gobiernos en 10 años. La ordenada sucesión de Roldós, Hurtado, Febres Cordero, Borja y Durán Ballén fue excepcional en el decurrir nacional, pónganse los bemoles que se pongan. Lo fue también el lapso de 1948 a 1960 con Plaza Lasso, Velasco Ibarra y Ponce Enríquez. Estos y los anteriores fueron, para no decir nada más, grandes personalidades que supieron sortear temporales y adversidades políticas de notables magnitudes.
Esto es lo que quisiera subrayar. La calidad del líder o dirigente ha tenido mucho que ver en el sostenimiento del régimen democrático. Ninguno de ellos, repito, pónganse los adjetivos que se les ponga, dejaron de ser individuos de recia contextura, demócratas y republicanos a toda prueba, capaces de desempeñar sus funciones y de estar por encima de las circunstancias, honrados e inteligentes. La ciudadanía en general, las Fuerzas Armadas y las fuerzas que de facto tienen la posibilidad de ejercer poder y presiones sociales, lo admitieron. Por eso, la estabilidad de sus períodos y del país.
Esos personajes fueron los pilares de la estabilidad porque supieron ser líderes. La veleidad y el autoexilio popular y la falta de brújulas doctrinarias certeras encontraron en ellos anclas esenciales para sortear el oleaje.
La situación sigue igual. Es verdad que han aparecido nuevas fuerzas, como la indígena, pero no es menos visible que el pueblo, globalmente considerado, sigue siendo, ahora lo digo, caudillista dependiente de las figuras antes que de las ideologías. Por mucho tiempo, eso no variará. Ahora mismo, las gentes averiguan detrás de quién deben encuadrarse para actuar en la oposición y, en la acera contraria, no sé qué harían los gobiernistas sin su descollante y hegemónico jefe.
Hora GMT: 19/Marzo/2010 - 05:15
