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Esperanza y afirmación

Publicado el 01/Agosto/2009 | 00:06

Margarita Laso


mlaso@hoy.com.ec

La sala del Teatro Sucre está llena de expectativa. ¿Será el texto que escucharemos, la música ecuatoriana? Después de largos años, se escuchará la Cantata popular Boletín y elegía de las mitas, de Édgar Palacios, en Quito. A propósito del Bicentenario, esta obra se presentó en Loja y se presentará en Guayaquil y, más adelante, en Cuba.

Compuesta a fines de los años sesenta, para orquesta, coro y solistas, se estrenó en Quito recién en 1990 y solo ahora se pone en escena nuevamente. Celebra el intenso poema de César Dávila Andrade, "una de las verdades de la Patria" como lo definía el compositor.

Presentado en 12 fragmentos con intervenciones de declamador, vamos por los sitios y las llagas de la Sierra que señalan la opresión de minas, mitas y obrajes, la desgarradora esclavitud del indio que pesa sobre nuestra historia. La voz del inmenso poeta, con el sanjuanito y el danzante, llega a este auditorio con todo su sufrimiento. "Oh, Pachacamac, señor del Universo / nunca sentimos más helada tu sonrisa/ y al páramo subimos desnudos de cabeza / a coronarnos llorando con tu sol", canta el dúo de Cecilia Tapia y Dhaily Naranjo, y los coros sutiles responden y concluyen.

Y Édgar está aquí, presentando con Emmanuel Siffert y la Orquesta Sinfónica Nacional su Cantata. Lo recuerdo al frente de la Banda Juvenil de Pichincha en el Coliseo Julio César Hidalgo, cerca de su creación, en el año 1981: era una primera banda de niños y niñas músicos. Los instrumentos de oro y plata relumbraron en el corazón del público.

Fue un nuevo camino iniciado por Édgar Palacios, entonces ya cargado de esperanza. La misma que ahora rutila cuando está al frente de la Orquesta del Sinamune, el Sistema Nacional de Música para Niños y Niñas Especiales que creó en el 93. Vi al maestro en el Parque de los Recuerdos con todo el Pichincha azul. En un tarde triste, acompañaba con su trompeta la despedida de Luz Elena Arismendi. También en otras despedidas, su música ha sido motivo de consuelo y entereza, nos ha acompañado a vivir.

"Pero después de dos años, ocho meses, salí", canta César Chauvín, el barítono. "Pero salí. No reconocía ya mi patria, desde la negrura volví hacia el azul. Volvíamos", canta Santiago Erráez, el tenor conmovido, "nunca he vuelto solo. /Oh, Pachacamac, señor del Universo! Oh, Chambo, Mulaló, Sibambe, Tomebamba… Minas de Zaruma, minas de Catacocha, ¡Minas!... Pero un día, volví", canta el coro, y la Orquesta marca el yumbo. "Hasta más allá del gavilán es mía esta Tierra". Dicen.

Y el yumbo va llevándonos de los abismos, de los páramos, a los sembríos. De los azufres y las cangaguas, a los cerros, en los que los ponchos vuelan. Y Édgar está aquí, en uno de los palcos de este teatro, sereno y apacible, después de una vida entregada a la música.

Y viene el yumbo de Édgar Palacios. El yumbo fehaciente. "Yo soy Juan Atampam, yo tam", asiente el coro, y, así, asciende a las cumbres de estas cordilleras. Allá arriba, están nuestros sueños, con la quipa, con la bocina, con el poncho de la afirmación.

Hora GMT: 01/Agosto/2009 - 05:06

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