Segundo E. Moreno Yánez
smoreno@hoy.com.ec
Al hablar sobre el carácter efÃmero de los espectáculos de los polÃticos, cuyo mejor ejemplo fue la "primera revolución posmoderna" del "subcomandante Marcos", el filósofo Octavio Paz, en su obra Chiapas: dichos, hechos y gestos (Barcelona, 2002), hace estas reflexiones: "la civilización del espectáculo es cruel. Los espectadores no tienen memoria", por lo que "olvidan pronto y pasan sin pestañear de las escenas de muerte y destrucción de la guerra del Golfo Pérsico, a las curvas, contorsiones y trémulos de Madonna y de Michael Jackson. Los comandantes y los obispos están llamados a sufrir la misma suerte; también a ellos les aguarda el Gran Bostezo, anónimo y universal", que es el "Juicio Final de la sociedad del espectáculo".
A la par de la banalización de los valores humanos en la polÃtica, la "poscultura" del entretenimiento ha conseguido que desaparezca todo debate público. La trascendencia del intelectual y del escritor es mÃnima. No admira, por lo tanto, que los progresos de la "poscultura" coincidan con los avances de movimientos populistas y neofascistas. En el libro que arrastró a la muerte a millones de seres humanos, su autor Adolf Hitler demuestra enorme desprecio a los intelectuales escritores (muchos catalogados como "judÃos"). En Mein Kampf (1926) escribe el autodenominado "orador de grandes mÃtines" que la palabra hablada tiene una importancia capital, "porque en realidad solo ella es capaz de impulsar grandes evoluciones, y esto debido a razones de orden psicológico". El orador tiene en el auditorio "un punto permanente de referencia", mientras el escritor "nada sabe de sus lectores". Lo que dio al marxismo poder sobre las muchedumbres –prosigue Hitler- no fue en modo alguno la obra escrita "sino más bien la enorme avalancha de propaganda oratoria que en el transcurso de los años se apoderó de las masas. Entre 100 mil obreros alemanes no hay por término medio 100 que conozcan la obra de Marx, obra que desde un principio fue estudiada 1 000 veces más por los intelectuales y ante todo por los judÃos que por los verdaderos adeptos del marxismo".
Por lo tanto, concluye Hitler, que ningún sentido práctico tiene la creencia "de que lógicamente el escritor tiene que ser de inteligencia superior al orador".
Es válida la aseveración de Mario Vargas Llosa, que La civilización del espectáculo (Quito, 2012) ha transformado a la polÃtica en "una banalización acaso tan pronunciada como la literatura, el cine y las artes plásticas, lo que significa que en ella la publicidad y sus eslóganes, lugares comunes, frivolidades modas y tics, ocupan casi enteramente el quehacer antes dedicado a razones, programas, ideas y doctrinas". En nuestros dÃas, infiere el autor, el polÃtico "está obligado a dar una atención primordial al gesto y a la forma, que importan más que sus valores, convicciones y principios".
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Autor: Segundo Moreno - smoreno@hoy.com.ec Ciudad Quito







