Quien participa en los Juegos Olímpicos sabe que le espera una larga y sacrificada preparación en tres etapas, al mismo tiempo concomitantes y sucesivas: gustar, entrenar y competir. Estas mismas estrategias, vitales e imperiosas, se traducen por "escuchar, aprender y anunciar" en la conformación de la campaña de evangelización que fue lanzada desde el Estadio de la Liga, luego del III Congreso Americano Misionero.
Escuchar: la civilización griega fue la cúspide de la apariencia visible, de la harmonía de las formas, de la calidad apolínea de la belleza. Los griegos hicieron de sus dioses seres de mármol y sol, es decir artísticos, refulgentes, fornidos y atrayentes. Esa misma concepción forjó entre nosotros el convencimiento de que solo es real lo que se puede ver y probar experimentalmente.
La herencia judía, en cambio, nos legó el triunfo de lo invisible, de lo que está más allá de la vista, del tacto y del gusto, de lo que no se puede palpar ni representar en imágenes. La vista, entonces, no nos satisface. Estamos unidos más estrechamente a lo invisible que a lo visible, decía Novalis. A lo invisible solo se lo puede escuchar en el silencio. De allí la importancia del oído atento y despejado para acoger la Palabra y penetrar en las riquezas insondables de la verdadera realidad, que está más allá de lo que se mueve en nuestro entorno. La hermosura no está en las formas, sino en la rectitud moral, en el misticismo o en la vida noble.
El que escucha la Palabra y la guarda se eleva por encima de la mediocridad y de lo efímero. Para ello, debe colaborar con la Palabra, adoptar su mismo movimiento ponerse en camino con ella, según reflexión de Benedicto XVI.
Cuando falta la voluntad para dejarse llevar por la Palabra, esta cae en terreno pedregoso que no florece y pronto se consume.
Aprender: la habilidad de escuchar viene aparejada con el arte que nos permite descubrir una realidad que está fuera del alcance visual, una realidad dinámica, abierta, luminosa, cuya intensidad no podemos soportarla y por eso la evitamos. Siempre habrá formas de sumergirse cada vez más en ese cosmos conmovedor y misterioso.
El aprendizaje de la escucha no conduce a conocimientos abstractos que nadan solo en la superficie. Por el contrario, esta variedad de sabiduría implica al hombre en su totalidad, se identifica con la vida misma, no puede darse sin la conversión interior y sin el don de un amor completo que pide ser aceptado. Es un aprendizaje del corazón.
Anunciar: un corazón inflamado por la Palabra no puede callarse ni dejarse arrastrar por la inercia de las cosas. Se siente íntimamente obligado a competir en los estadios de la vida, es decir debe anunciar, gritar, proclamar a los cuatro vientos todo lo que ha visto y oído. La Palabra solo se fortalece anunciándola.
Hora GMT: 24/Agosto/2008 - 05:00 Fuente: Diario HOY Ciudad Quito Autor: Por Jaime Acosta Espinosa
