Por Jaime Acosta Espinosa
En el poco debate que nos permiten las pasiones encendidas y turbulentas del momento, soliviantemos ciertas inquietudes sobre el capítulo de los Derechos Humanos en la nueva Constitución. El legislador incluyó, hasta la saciedad y sin matices, toda clase de derechos, que se condensan en el derecho de vivir plácida y serenamente, arropados por un Estado benefactor.
En una prolongación delgada del Título II, se habla también de los deberes y responsabilidades de los ciudadanos. Allí se asienta el deber de respetar los derechos y luchar por su cumplimiento. ¿Para qué serviría toda esa carga generosa de derechos si nadie los respeta o no los cumple? En el artículo 83 se pregonan también ciertos principios básicos que amortiguan la actitud respondona e impertinente de quien no hace sino reclamar sus derechos.
Felicitaciones, porque allí se declara la necesidad de anteponer el interés general al interés particular, de administrar honradamente el patrimonio público, de practicar la justicia y la solidaridad, de promover la unidad y la igualdad, de ejercer la profesión con sujeción a la ética y, por último, de participar en la vida política de manera honesta y transparente.
Nada de honesto y transparente tiene la tremebunda participación del Gobierno en la campaña actual por el referendo. Nada de honesta ni transparente tiene la agresividad política basada en la violencia, el odio, la rivalidad, el insulto y la venganza. La violencia engendra violencia y viene aparejada de graves injusticias.
La política, concebida como el arte de conseguir el bienestar social, no puede enfrentar por sí sola a la realidad humana, sembrada de incomprensiones, intereses turbios, manipulaciones y ambiciones de todo orden. Ante la dureza de esta realidad, no cabe sino una mínima conducta ética de gobernantes y gobernados, sin la cual la vida común se vuelve, como dice Hobbes, "solitaria, menesterosa, penosa, casi animal y breve".
Sin una justa apreciación de esos valores promulgados por la Constitución, mal podría hablarse de ordenamiento social, porque el hombre a menudo decepciona al hombre y la obra del hombre no puede reemplazar al hombre. Si falta la moral, lo demás está condenado al fracaso completo: la política, la economía, la industria, las artes, las letras
La política se apoya en la ética, pero no se confunde con ella. Si la ética reinara en una comunidad, no harían falta la policía, ni las leyes, ni los tribunales. Pero eso está bien para las utopías. Para la vida real, la política es indispensable. La ética me dice que debo ser justo. La política me sanciona si no lo soy. La ética tiene validez universal. La política se mueve en el terreno de lo particular, siempre movedizo y cambiante. Solo sobre una política ética se puede construir, y no sobre los escombros ni las nubes.
jjacosta@hoy.com.ec
Hora GMT: 14/Septiembre/2008 - 05:07
