Columna del Padre Roberto
Por Roberto Fernández
rofer@hoy.com.ec
Estremece pensarlo y eso que lo oímos todos los años el Miércoles de Ceniza, pero no nos acostumbramos: "Eres polvo y al polvo volverás" (Génesis 3, 19). Plebeyos y nobles, ricos y pobres sienten por igual ese desaliento que procede de nuestra condición efímera y vulnerable. El mismo Jesucristo nos cuenta San Lucas, que cercano a su Pasión, sudaba gotas de sangre y le suplicaba al Padre que pasara pronto aquel cáliz (Lucas 22, 42-46). También Santo Tomás se emocionaba hasta el llanto cuando cantaba en el coro la antífona de completas que decía: "A la mitad de la vida ya estamos en la muerte".
Es que nos gusta vivir y nos duele la muerte y sus presagios. Por eso, como decía Unamuno, vivimos en agonía, es decir, en lucha contra la muerte y la vida.
Y, para tal combate, como reza tan bien la Liturgia del inicio de la cuaresma que se acerca, una buena clave es la conversión, que significa cambio: "Convertíos y creed en el evangelio" (Marcos 1, 15).
Como tal combate resulta agotador, buscando cierto resuello en medio de la batalla, se inventaron los carnavales, como espacio ficticio para vencer las angustias haciéndonos los locos y olvidando, por un par de días, todas las responsabilidades y sus aristas. Eran como un pretexto infantil para pecar todavía un poco más, antes de convertirnos de verdad; o como esas despedidas de soltero, antes de tener que tomarse la vida para siempre en serio. Pero ¿merece la pena correr ciertos peligros? ¿Y si el misterio del mal nos atrapa sin dejarnos salir o nos marca con sus deleites pasajeros?
El que juega con fuego se quema, no solo en la vida personal, sino también en la política y en la sociedad. A veces el mismo escenario político actual tiene visos de carnavalesco. ¡Mucho cuidado! No se puede confundir la vida entera con un carnaval, a pesar de la "amoralidad y del oportunismo característicos de nuestra época. Mientras unos gritan, como en la triste decadencia del Imperio Romano, "occidat, dum imperet" (Que reine, aunque nos mate), otros se despepitan y nos advierten que basta ya.
Pero, tras la fiesta y sus excesos, todos quieren volver otra vez a la normalidad, a la lucha, al surco en que ganarse el pan. Estamos ya por más de dos años entre la euforia revolucionaria de algunos y el dogmatismo depresivo de otros, y empieza a percibirse cada vez más un triste desengaño ante la cruda realidad: nadie nos dará regalando nada que no proceda de nuestro trabajo.
Por eso, lo único seguro es que la vida debe seguir y tendremos que sortear tanto los obstáculos que nos vienen de la crisis, como las inclemencias del invierno que atravesamos.
Todos quisieran saber cuánto durarán, pero nadie nos puede responder con exactitud hasta cuándo. Así que hay que emprender el único camino que suele dar resultado, es decir, el de apoyarnos otra vez en nuestra condición de buenos ciudadanos, teniendo los ojos abiertos y avispados.
Hora GMT: 21/Febrero/2009 - 05:12
