Felipe Burbano de Lara
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La situación en la que se encuentra la Corte Nacional de Justicia, hoy envuelta en un escándalo por la resolución de tres conjueces en torno al caso Filanbanco, constituye un dato preocupante de la realidad creada por Alianza País. Tres constataciones se pueden hacer de la revolución ciudadana a partir de la situación actual de la Corte: a) que destruyó todo lo hecho en el pasado -bueno y malo- bajo la consigna de acabar con la larga noche neoliberal; b) que impuso una Corte transitoria con magistrados y conjueces sin méritos profesionales ni éticos para llenar los vacíos creados por el proceso constituyente; y c) que el país deberá esperar al menos un año más para tener una nueva Corte.
El resultado de la aventura revolucionaria es una justicia colapsada. El proceso constituyente destruyó la renovación de la Corte realizada después de la crisis provocada por el Gobierno de Lucio Gutiérrez. Si lo recordamos, fue una reconstrucción sistemática, transparente, con veedurías internacionales, larga, difícil, que terminó con la designación de un grupo de magistrados escogidos mediante concurso público. Nada de este proceso fue respetado por la Asamblea Constituyente de plenos poderes y espíritu refundador. Nuestros revolucionarios prefirieron rehacerlo todo bajo el argumento simplista y superficial de la larga noche neoliberal. El producto está allí: una justicia capaz de emitir una resolución tan escandalosa como la del caso Filanbanco.
Lo ocurrido con la Corte muestra la pobre capacidad mostrada por la revolución ciudadana para discernir sobre el pasado. Su consigna ha sido levantar las nuevas instituciones desde las cenizas. En el caso de la justicia, sin embargo, solo hay cenizas y tiempos perdidos, a la espera de largas y costosas reconstrucciones. Nuestros revolucionarios creyeron que el cambio era cuestión de voluntad: bastaba tenerla para lograrlo. Aunque nunca lo explicitaron, han usado las teorías y visiones totalizadoras del cambio de fines del siglo XVIII. Esas visiones resultan anacrónicas para sociedades complejas en las cuales las dinámicas de transformación tienen ritmos, tiempos y lógicas distintas. Por cambiarlo todo de un plumazo, convencidos en la fuerza inquebrantable de su voluntad, han creado innumerables desórdenes y vacíos, fuentes todos ellos de tensión e incertidumbre. ¿Alguien sabe adónde vamos, en qué dirección camina el país, cuáles son hoy las promesas de la revolución?
Estamos frente a un problema político complejo en torno a la definición del cambio, sus rutas, factibilidades, prioridades y posibilidades. Vemos claro que la ruta revolucionaria, con su respectiva práctica refundadora, ha provocado enormes desórdenes apenas disimulados por la fuerza aglutinante de Correa. Pero conforme su liderazgo se opaca y debilita, emerge un Gobierno atrapado en los laberintos revolucionarios: demasiados frentes abiertos y sin la capacidad política inicial para darle sentido a su práctica. De la euforia revolucionarios hemos pasado a los enredos revolucionarios.
Hora GMT: 02/Febrero/2010 - 05:05
