Por Marco Lara Guzmán
mvlaraguzman@hoy.com.ec
El reciente fallecimiento de Jorge Enrique Adoum -mayúscula pérdida para las letras ecuatorianas- más la presencia de Marco Antonio Rodríguez, notable presidente de la Casa de la Cultura, en las "Mesas de Diálogo" de la Radio Católica tienen que provocar someras reflexiones sobre el estado de la cultura nacional.
La creación del Ministerio de Cultura y la expedición de la Constitución de Montecristi, retablo de luces y sombras, plantean situaciones que deben analizarse. Para lo primero, es cierto que el Estado debe estimular la producción cultural y que, probablemente, esa fue la intención matriz para establecer dicho órgano administrativo. Pero eso no debería admitirse, por principio, como el inicio de una política oficial, si se quiere centralmente planificada, para el acto creativo, individual o colectivo de los temas intelectuales. Algo lejana en el tiempo y en lo geográfico, pero oportuna y aleccionadora, está la respuesta de un buen grupo de literatos y artistas franceses a igual iniciativa de De Gaulle, quien hizo ministro del área nada menos que a Malraux. Cuestionaron los críticos la aprehensión de lo cultural por parte del Gobierno y, como es obvio, su posible direccionamiento.
La cultura tiene, como elemento de su esencia, la libertad para crear sin más límite que el impulso creador. No puede haber, sin desnaturalizar lo más hondo de la creatividad, una cultura oficial, del gusto de los administradores, acorde con sus tendencias, dentro de su ortodoxia, complaciente con las ideas del poderoso, abanderada de sus preferencias. Algo así sería destrozar lo más íntimo de la cultura. Así lo pretendieron y realizaron los regímenes totalitarios de la Europa del siglo XX. Nazismo, fascismo y comunismo, que en tal sentido fueron básicamente lo mismo, establecieron los cánones de la producción artística "revolucionaria", para observancia de quienes quisieran facilidad de movimiento. Los que se opusieron a la pretensión fueron sancionados, obstruida su acción, desprestigiados, cohibidos y calificados de locos por situarse fuera del afán del régimen y ser, por ende, contra revolucionarios, antipueblo, y demás conocidos sambenitos que suelen colocarse a quienes no doblegan su espíritu.
No me cabe duda alguna de que ya se dirá que nadie quiere imponer una cultura oficial, ni siquiera como contraparte de la pelucona. Que así sea. Empero preocupan ciertos enfoques y textos constitucionales. Entre arrebatos líricos, los artículos 377 y siguientes establecen el Sistema Nacional de Cultura, propugnan la identidad nacional, garantizan la libertad creativa y su promoción y protección, etc. Hasta ahí, santo y bueno. Mas el inciso 3.º del 378 dice que "El Estado ejercerá la rectoría del sistema a través del órgano competente", lo cual, salvo que los montecristis hayan dispuesto de mejor diccionario que el de la RAE, significa que el Estado, o sea el Gobierno, regirá y gobernará lo cultural, a través del órgano competente, mismo que, sin esperanza en contrario, cumplirá la voluntad superior.
Hora GMT: 10/Julio/2009 - 05:05











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