Por Luis Alberto Luna Tobar
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Me pregunté mil veces a mí mismo si tenía un espacio en la mente de los lectores con quienes imaginativamente discuto mientras escribo. En esas discusiones solitarias, alguna voz amiga me ubicó en lo cierto y descubrí que es tanta la generosidad vecina que me asedió muy pronto la llamada de la amistad para obligarme cordialmente a renovar mi envío semanal, y en él estoy en estos momentos, enlazando cuanto cuento unas horas de mayor silencio me han permitido esbozar sobre esta estrecha solidaridad amiga. Nunca le tuve miedo a la crítica y mucho menos a la que la realizan las personas que no se niegan jamás el propio derecho a criticarse.
Nada más sano que llegar a conocer en profundidad cuál es el propio espacio. Ese conocimiento incita generosa y respetuosamente a acercarse a formular una especie de amistad crítica que depura la comunicación y excita en la serenidad al diálogo a distancia y en silencio.
Hablar en silencio y dialogar con grandes distancias por medio no es una loca imaginación: es una noble aventura, que la intentan y la realizan los espíritus que logran conformar las comunidades más tradicionales y sólidas de la Iglesia xatólica de siempre y los grupos de reflexión psíquica de tantas congregaciones espiritualistas que han conformado en el mundo un hondo espacio de reflexión y transferencia mental.
Ese mundo exige conciencia de personal ubicación en él y es efectivo influjo en aquello que debe llamarse reconocerse como el propio espacio.
No es fácil llegar a conseguir estos objetivos comunitarios, pero evidentemente es necesario que, si la vida permite descubrir que se tiene poder o significado para acercarse a otros y comunicarse espiritualmente con ellos, medie por ello una exigencia de grave responsabilidad para mantener la comunión espiritual de hermanos que peregrinan por el mismo camino y buscan similar destino.
En la teología espiritual, se trata de esta realidad con la más honda profundidad psíquica y con el vuelo intelectual más limpio y noble.
Considero que ese es el espacio, ese es el ambiente en el que me ubico para escribir y esa es la imagen que posiblemente trasmito. El reclamo generoso de mis colaboraciones escritas he tratado en atenderlos en ellos mismo. Y si los naturales límites de mi espontaneidad exigen mayor aclaración, le pediré al Infinito que me acerque a sus fuentes inagotables. Y si la vida no se agota, espero que mi pluma se abreve en ella.
Si es una satisfacción el sentirse leído y reclamado por los que observan algo que les sorprende y algo que les satisface o les inquieta, el que tiene conciencia de escribir para la comunidad arriesga, en tributo a esa conciencia, mucho del gusto personal y de la serenidad interior para entregar todo el bagaje de esas reacciones a la bondad y riqueza espiritual
Hora GMT: 18/Julio/2009 - 05:10
