Por: Simón Espinosa Cordero
simeco@hoy.com.ec
Oiga usté, don José, nadie iba a figurarse que a los 200 años cabales de promulgada la Constitución Política de Quito y primera de lo que hoy es la República del Ecuador, en la cual usted tanto tuvo que ver, su pensamiento, el suyo, don José Mejía del Valle Lequerica, iba a ser desvergonzadamente ultrajado, "sin querer queriendo", por un presidente del Ecuador a quien ya la Historia está colocando a la altura de Ignacio de Veintimilla, de "Ignacio de la Cuchilla", en cinismo, en determinado coraje y en maniática furia mesiánica.
Ayer 15 de febrero, se cumplieron los doscientos, efectivamente, don José. El martes 14 de febrero de 2012, en Quito, en horas de una mañana muy fría, a ratos lloviznosa, a ratos soleada, la Asociación de Quiteños Residentes en Quito, séptima esencia de la sal quiteña, la Academia Nacional de Historia y la Municipalidad colocaron flores en el monumento de usted, don José, en la Avenida 24 de Mayo, antes de que "las golondrinas con tembloroso luto traigan la primavera a través de los mares" y se caguen en el monumento como un día después un mirlo de la Justicia ecuatoriana en una larga audiencia ojalá no llegue a hacerlo, don José, en el pensamiento libertario de usted, que se murió a los 36 años de edad, probablemente más joven que el juez que va a decidir la suerte de El Universo y la libertad de pensamiento. Para la revolución ciudadana no hay fecha sagrada. Para ella, lo sagrado es la voluntad de Rafael Primero de Ecuador y Quinto de América.
En las Cortes de Cádiz, el 15 de octubre de 1810, pronunció usted, don José, el gran discurso sobre la libertad de imprenta. Usted argumentó que sujetar los libros a censura era sujetar a los autores a convertirse en esclavos de jueces apasionados, ignorantes y servidores de autoridades impunes. Y concluyó usted: "Luego si la esclavitud no es más que la dependencia del arbitrio de otro, si la Libertad no sufre más yugo que el de la Ley, defender la acostumbrada censura de los libros que han de imprimirse, es constituirse abogado de la esclavitud de imprenta, es (querer) que los autores sean esclavos de los que mandan, sin acordarse de que los mandones mismos son frecuentemente esclavos de las bajas pasiones".
Anteayer por la noche, las instituciones arriba mencionadas conmemoraron, don José, el aniversario doscientos de la Constitución de Quito y le alabaron mucho a usted. Tanto que el académico de la Historia y de la Lengua, Hernán Rodríguez Castelo, ofreció al público una obra magistral: Mejía, voz grande en Las Cortes de Cádiz. El general y asambleísta Paco Moncayo la comentó con brillantez y valentía y aplicación a la situación actual. ¿Qué le parece, don José: con este ya van 112 libros escritos por Rodríguez y no le han otorgado todavía el Premio Espejo? Por algo ideológico será. "De rudos malsines, / falsos paladines, / y espíritus finos y blandos y ruines, / del hampa que sacia / su canallocracia / con burlar la gloria, la vida, el honor, / del puñal con gracia, / ¡líbranos!, señor" (Rubén Darío).
Autor: Simón Espinosa - simeco@hoy.com.ec Ciudad Quito






