Por Juan Carlos Moya
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En otro tiempo, cuando vivía solo en una pieza con una pequeña ventana orientada hacia la lluvia constante del invierno, ciertas mañanas, acostumbraba empezar el día leyendo una novela o mirando una película. De este modo, mi apacible rutina de lectura -o iniciación cinematográfica- se bautizaba antes de las siete. Se extendía hasta el baño y desayuno matinales (pan y café). Y continuaban con un paseo vespertino luego del almuerzo (pan y jugo), por el sur de la ciudad, momento de observación y examen del mundo que me rodeaba, su flora y fauna, sus desteñidos colores. Si era el caso, me citaba con José Luis Galván a charlar sobre Faulkner u Onetti, reiterativamente, obsesivamente, con dos vasos de coca cola y un pedazo de pizza que compartíamos a cucharitas.
Por la noche, en un incómodo y viejo sillón de terciopelo rojo, con un foco colgando de mi cabeza, con un par de lentes amarrados a mi cabeza con una piola (pues meses antes se habían roto sus patas), leía incansablemente la novela de turno hasta pasada la medianoche, y a veces hasta el amanecer.
De este modo, al cumplir el día, había leído una novela o, si era el caso, había visto hasta siete películas. El efecto era evidente y analgésico. Había logrado despegarme de los miasmas de la realidad objetiva. Caminaba con los personajes de mis novelas o de mis películas de la mano. Ese era mi sagrado alimento diario. No tenía más. Tampoco me hacía falta. Tenía 22 años.
Y ahora, a la mitad de mi vida posible, esperando tan solo la mitad de existencia que me puede otorgar el destino, los segundos se me escapan de la yema de los dedos como si fuera arena, oro, gotas de agua. Ya no me queda tiempo para oler mis libros, para acariciar sus hojas y sus lomos.
Hace muchas noches lluviosas, intento edificar el inicio de lo que sería mi primera novela. La tengo claramente dibujada en mis sueños, sus personajes me persiguen en mi rutina diurna, comprendo al fin que nací para escribir esa historia, la historia recogida por la memoria de mis antepasados. Pero yo me hundo, me hundo velozmente en el vértigo del tiempo y de los días y no hallo espacio ni momento para amarrarme a la máquina de escribir, y no parar hasta teclear la palabra mágica: fin.
Ya no tengo 22 años. No me queda un segundo para volver a mis libros, eternamente. Y tan solo los miro por las noches, habitar en el silencio y el polvo. Quedará entonces la novela, su proyecto, su arquitectura, inacabada, abandonada, olvidada.
¿Dónde habitan hoy los mecenas? Sonrío. En este tiempo, época del vértigo, habitamos los que no podemos estar cerca de nuestras familias, hijos y esposas, de nuestros padres enfermos.
Lejos, lejos, alejados de nosotros mismos, porque alguien ya inventó esa máquina ciega que corre hacia la nada, esa máquina que nos arrebata el tiempo, que lo devora, que lo deglute hasta volverlo salario.
¿Hace cuánto tiempo no almuerza con su esposa y disfruta de un paseo solariego? ¿Hace cuánto tiempo no pasea con su madre anciana por el campo? ¿Tiene tiempo para estar cerca del crecimiento de sus hijos? ¿Hace cuánto tiempo no dialoga con su propia alma, con el niño que agoniza dentro de usted?
Hora GMT: 08/Abril/2009 - 05:05

















