Por Felipe Burbano
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La visita de un mes a Bolivia me ha dejado la imagen de un país en el que los grupos sociales no tienen otro lenguaje que la protesta, el bloqueo y la movilización para hacer escuchar sus demandas. Tres hechos ayudan a ilustrar la impresión. La Paz amanece una mañana con la basura amontonada en las esquinas. La razón: un grupo de madres de familia mantiene bloqueado el acceso de los camiones recolectores al botadero como estrategia para exigir obras en el colegio de sus hijos. El conflicto duró varios días hasta que debió intervenir la Policía con los incidentes inevitables: enfrentamientos callejeros, llantos e indignación de las madres y las promesas de rigor. Segunda imagen: en los periódicos de Santa Cruz aparecen fotografías espeluznantes de dos discapacitados colgados con sus sillas de ruedas en un edificio público de la ciudad.
Luchan por conseguir un bono del Estado similar a los que reciben estudiantes, jubilados y madres embarazadas. La lucha incluyó tomas de oficinas públicas. Los periódicos mostraron una imagen insólita: un subsecretario sosteniendo en sus brazos a un niño con algún daño cerebral. Su despacho fue tomado por varios padres junto a sus hijos e hijas discapacitadas para así poner mayor presión sobre el Gobierno. Tercer hecho: el presidente Evo Morales alienta a un grupo de campesinos a emprender una acción para quitarle (sic) a un alcalde un tractor del que se había apropiado de manera arbitraria y abusiva. "Quedan autorizados", dijo el presidente a los campesinos. La protesta es el lenguaje de la política en un país en donde los diversos grupos no se escuchan y menos se reconocen en sus necesidades recíprocas. Prevalece la demanda particular de cada grupo, y el medio que se utiliza para alcanzarla es la protesta. Cada quien tiene que arrancar al Estado lo que cree justo, por el medio que también considera justo, en nombre de sus intereses y necesidades.
En todos los conflictos, hay un desgaste enorme de energía, tiempo y emociones en el marco de un sentido dramático de la vida colectiva. Las imágenes de las dos personas inválidas dormidas por el cansancio después de horas colgadas en sus sillas de ruedas en un edificio público resultaban entre espantosas y cómicas. También el dolor adquiere ribetes políticos para dramatizar el sufrimiento y la injusticia. Son todas escenas donde la justicia y la redistribución se buscan por mano propia, sin que el Estado encuentre el camino para construir un marco general en el que los diferentes grupos puedan reconocerse y escucharse. No es la forma, por su puesto, más eficiente ni, mucho menos, equitativa para hacer justicia y conseguir una mejor distribución de recursos, pero está muy interiorizada en la cultura política como la única viable en un país de sordos. Conforme se amplían los derechos y se extiende un legítimo sentimiento de igualdad, cada quien interpreta la justicia desde su realidad y desde sus posibilidades.
¡Cuánta energía y emociones desplegadas para buscar reconocimentos y justicia por medios que finalmente reproducen la incomunicación y hasta la indiferencia!
Hora GMT: 17/Noviembre/2009 - 05:11

17/Noviembre/2009 a las 08:51
Mucho ruido y pocas nueces, igual que aqui.
17/Noviembre/2009 a las 13:44
Aqui tambien arman marchas por todo, menos mal que tenemos un gobierno democratico que escucha y no reprime.