Quienes visitaron Berlín poco tiempo después de la caída del muro pudieron comprobar la enorme diferencia entre una y otra parte de la ciudad. Mientras en el sector occidental no quedaba huella de la destrucción que sufrió en la Segunda Guerra Mundial, la parte del Este, mostraba casi intocados los efectos de bombardeos y enfrentamientos armados en sus calles: casas sin ventanas y sus paredes perforadas por las balas, calles destruidas, sin árboles ni parques. El contraste era evidente.
Y la población de uno y otro lado del muro era la misma. Inclusive había familias divididas por la pared. La diferencia estaba en los sistemas económicos aplicados en aproximadamente 40 años desde que terminó la guerra. Es evidente la eficiencia de una economía de libre mercado frente a una centralmente planificada. Los pesados aparatos estatales que eliminan la iniciativa particular no han podido mostrar resultados que se acerquen al sistema privado.
Las dos Coreas son también ejemplos de esta realidad. Y el impresionante desarrollo de China, mostrado al mundo a propósito de las olimpiadas de Beijing, señala lo mismo. Porque China mantiene un Régimen político comunista, pero aplica un sistema abiertamente capitalista en lo económico.
Estas realidades vienen a la mente a propósito de los enormes daños sufridos por Cuba debido a los huracanes Gustav e Ike que la acaban de azotar; 320 mil viviendas estarían afectadas seriamente, se han destruido carreteras, puentes, ingenios azucareros, y cultivos de tabaco y alimentos.
Edificios emblemáticos de la Habana, considerada la ciudad más rica en construcciones coloniales, están en condiciones tan precarias, que no han resistido las intensas lluvias y vientos. Las casas se caen a pedazos en el malecón habanero.
Cada año 1 400 edificios coloniales deben ser abandonados por el riesgo de que colapsen. Y, lo más grave, no se ve que el Gobierno pueda disponer de los recursos necesarios para la reconstrucción, que se calculan entre $3 000 millones y $4 000 millones.
América Latina no puede permanecer impávida ante tamaña desgracia. Inmediatamente y con todos los recursos que fuere posible deberá acudir en ayuda de los 11 millones de cubanos. Y a renglón seguido, es su obligación liderar un movimiento mundial para terminar con la dictadura más larga del continente, que ha llevado a ese país a las condiciones de pobreza extrema en las que se encuentra: los salarios no superan los $20 por mes y se mantienen tarjetas de racionamiento para acceder a los bienes básicos. No es tolerable que en pleno siglo XXI, la mayor apertura anunciada por Castro sea la posibilidad de adquirir teléfonos celulares y acceder a los hoteles reservados para turistas extranjeros.
rosales@hoy.com.ec
Hora GMT: 15/Septiembre/2008 - 05:07

15/Septiembre/2008 a las 06:46
Hace unos diez años, en ocasiôn del décimo aniversario de caîda del Muro, una radio francesa (France Info) entrevistaba a una habitante de la antigua RDA. La entrevistada concluyô con la frase : "En efecto, la RDA no era el paraîso... pero tampoco era ningûn infierno". No sé por qué en mi mente esta frase no cuadra con la devastaciôn descrita por el señor Rosales.
Si usted lector se da una vuelta por Parîs, ciudad del capitalismo triunfante, se quedarà maravillado. Qué belleza la piedra tallada y el pan de oro en los edificios. Si usted se anima a salir un poco del circuito turîstico y cruza el periférico, descubrirà como vive la gente "de verdad". Esa gente que le atiende en las ventanillas o que trabaja en las oficinas. Edificios de los años 60, con pintura vieja. Avenidas desnudas con galpones y Fàbricas. Ahî viven las clases medias. Si usted se arriesga y va a ver como viven las clases populares, a lo descrito usted deberà sumar la vetustez. Ventanas rotas, corredores pestilentes de orina, insalubridad. El capitalismo asegura maravillas impensables para las clases pudientes: Trocadero, Manhattan, Puerta del Sol. Para el resto, horizontes alienantes y opacos.
Es una pena que el patrimonio cubano se desmorone (demos fé a la informaciôn dada por el sr. Rosales). Y ciertamente, que Cuba, tal como la ex-RDA no es un paraîso. (Acaso hay un lugar en el mundo que lo sea?). Pero hasta hace poco los salarios ecuatorianos eran de ese orden: unos 20 dôlares por mes. Y dicha realidad no indignaba a nadie. 20 dôlares es poco; pero comparemos la vida de un campesino cubano con la de un ecuatoriano o un sin tierra brasileño... y tal vez la carta de racionamiento pueda convertirse en algo envidiable para los dos ûltimos.
15/Septiembre/2008 a las 11:56
Esta vez, por la inclemencia de los huracanes, producto de la destrucción irracional de la naturaleza y del planeta por parte de los países industrializados, se ha afectado gravemente a la Mayor de las Antillas; y en medio de la tragedia que significan pérdidas humanas y materiales, se produce el ataque artero de los corifeos pro imperialistas en contra de la autodeterminación de un pueblo libre y soberano. Sin pudor y sin ver la viga en ojo propio el seudo editorialista -uno más del montón- llama a américa latina al rescate de Cuba, soslayando lo que su pueblo y su gobierno han construido: salud y educación gratuitas, seguridad social y trabajo para todos, acceso a la cultura, al deporte y a las artes sin discriminación, sin contar con la solidaridad que ha dado al mundo en materia de alfabetización, educación superior y de instructores deportivos. Pregunto al Sr. Rosales, puede América toda igualar los beneficios sociales y culturales que tiene el pueblo cubano. La respuesta es simple no, aún no puede igualar, porque a diferencia de quienes han gobernado nuestras naciones, las autoridades cubanas no se han enriquecido a costa del trabajo de su pueblo, ni viven en mansiones en Miami, disfrutando de una riqueza mal habida. Para temor de gente como el Sr. Rosales, ese ejemplo se va emulando en Indoamérica. Va llegando la hora de pobres de América.
15/Septiembre/2008 a las 15:31
¿Porqué no emigra nadie a Cuba? Ni de visita van como se nota en los comentarios de los cegados por la ideología. Por si acaso quieran ir no olviden llevar papel higienico y jabón porque allá no hay.