Por Jaime Izurieta Varea
Thomas Mann, premio Nobel de literatura de 1929 y uno de los personajes que engloban la "Idea de Europa" de George Steiner, dijo alguna vez que dondequiera que él fuera ahí estaría la cultura alemana. En nuestro limitado mundito cultural local -provincial, suena más adecuado- no es difícil encontrar una bien extendida adscripción a tan lapidaria frase. De manera tácita y silenciosa, por cierto. Sin embargo, de Mann sabemos que no lo decía por arrogancia, sino por un profundo sentido de la responsabilidad que le motivaba a ser portaestandarte de la cultura de su país, y a difundirla y perpetuarla.
En un corto pero apasionante discurso pronunciado en el Instituto Nexus de Holanda y publicado por Siruela en 2005, nos dice Steiner que ese precisamente es el rol de las élites culturales. No recluirse en camarillas ni exacerbar su decadencia en fiestas, exhibiciones y delegaciones excluyentes, sino constituirse en faros que guíen los pasos de las nuevas generaciones y preserven el legado de las anteriores.
Necesario sobre todo en épocas de oscurantismo cultural en las que el rol de nuestras élites se ha desvirtuado. Radicales en su corrección política -y un poco amiguistas, también- aceptan como "arte" a cualquier manifestación por mínimo valor que tenga, celebran como "arquitectura" a toda obra producto de un profesional titulado, independiente de su nivel de complejidad y funcionalidad y elevan al nivel de "literatura" a cualquier panfleto con ocultas intenciones políticas o comerciales y no precisamente estéticas.
Steiner, en su calidad de referente de la cultura Occidental, advierte la necesidad de que existan élites culturales bien formadas, abiertas, incluyentes y didácticas, que mantengan el nivel de lo considerado "arte" en un sitial alto, casi aspiracional, en lugar de reducirlo al mínimo común denominador, en el afán -un tanto autodestructivo- de democratizarlo.
A nivel local, la militancia política al interior de gremios con un poderoso espíritu de cuerpo ha neutralizado las opciones de crítica y por ende las de desarrollar propuestas teóricas propias, distintas, y con un nivel de complejidad y profundidad que las haga sujetas de insertarse nacional e internacionalmente como referentes culturales. El mercado en el cual se inscriben el arte, la arquitectura, el cine o la literatura, limitado por un deficiente sistema educativo, por la fatuidad de nuestra sociedad y por los limitados recursos, obliga a los creadores a cerrarse, vuelve virulenta la competencia, y limita el crecimiento y el diálogo tanto con propuestas locales nuevas como con las tendencias mundiales. Nuestra élite cultural debe construirse, pensarse, definirse y abrirse. Solo desarrollando una permeabilidad hacia la crítica y con una apertura hacia el desarrollo de lenguajes y propuestas podremos llegar a contar con personajes que puedan decir con orgullo y con responsabilidad, "dondequiera que yo vaya, ahí estará la cultura ecuatoriana".
analisis@hoy.com.ec






03/Diciembre/2008 a las 10:25
Excelente lección, rápida y contundente que debe ser leída por nuestros burócratas desde las Casas de la Cultura, ONG´s, editores, entusiastas creadores, críticos, cómplices y encubridores...releerlo.