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El voto absolutorio

Publicado el 01/Julio/2009 | 00:12

Por Enrique Valle Andrade

Aquel o aquellos que en Roma acuñaron la frase "Vox populi, vox Dei", con toda seguridad, deben haber sido demagogos convencidos de la necesidad de inducir en la mente de la gran masa una falsa verdad: el que la decisión de la mayoría es algo así como la decisión de Dios; como si la divinidad hiciera su voluntad a través de la cantidad: los más, los acertados; los menos, los errados. Esta falacia ha servido mucho a través de los años para instaurar un sofisma: el pueblo no se equivoca, mentira que siempre ha sido útil para explicar grandes errores y, también, grandes infamias.

El pueblo suele acertar, pero también en muchas ocasiones se equivoca, y tremendamente.

De eso quedó la más indeleble huella desde el día en que, pudiendo escoger entre el malvado y el inocente, la turba no dudó en pronunciarse a favor de Barrabás. Y así ha continuado haciéndolo a lo largo de la historia. De otra manera, no podríamos explicar cómo, una y otra vez, la decisión del pueblo ha favorecido la propuesta de corruptos, tiranos, genocidas y mequetrefes que, pese a sus grandes inconsistencias y debilidades, han logrado contar con ciertas cualidades que caracterizan a los demagogos, que les permiten captar la simpatía y hasta el fanatismo de inmensas masas depauperadas e ignorantes y, en ciertos casos dignos de estudio, hasta de niveles de mejor formación cultural, que ceden emocionalmente subyugados bajo el influjo malicioso de los falsos líderes. De otra manera, no podría encontrarse explicación para los nefastos casos de Hitler, Mussolini y otros personajes de menor trascendencia que han suscitado la crítica y hasta el desprecio de las minorías selectas, pero al mismo tiempo han avasallado en las urnas a rivales de mejor jerarquía intelectual y moral.

Hoy en día, este dominio de los adalides de la mediocracia sobre las grandes mayorías no solo llama la atención por la preferencia que les deparan estas cuando los encumbran al poder, sino, lo que es peor, porque los suelen perdonar con irresponsable ligereza cuando, luego de sus comprobadas expresiones de corrupción y desprecio por los derechos humanos de sus semejantes, vuelven a considerarlos objeto de su preferencia para elevarlos nuevamente a las altas funciones de Gobierno, sacándolos de las cárceles o librándolos de estas. Esto ha dado lugar a que un análisis ligero o amoral de estos hechos sugiera que el voto de las mayorías surte los efectos de sentencia absolutoria que limpia las lacras en las tortuosas trayectorias de los ídolos salpicados de barro, como si el veredicto de las urnas primara sobre las normas que rigen la administración de Justicia.

Nada más alejado de la verdad. El ganar elecciones no constituye sentencia absolutoria para nadie. El voto favorable de la mayoría solo confiere el poder, pero no exculpa a los corruptos; tampoco a los que han pisoteado la democracia. La única que absuelve es la historia; y ella, hasta ahora, nunca ha absuelto ni a tiranos ni a ladrones.

evallea@hoy.com.ec

Hora GMT: 01/Julio/2009 - 05:12

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