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Publicado el 06/Junio/2009 | 00:05

Por Consuelo Albornoz Tinajero

La tendencia del momento en algunos países del continente al cuestionar indistintamente a los periodistas y a los medios y motejarlos como "corruptos" y "mediocres" es una reedición, desde otro lado, de la búsqueda de imponer un pensamiento único. Es una acción dirigida a eliminar la pluralidad de las voces y de las interpretaciones y mostrar una sola visión. Vana pretensión, e inviable, que revela también el contrasentido de quienes la propugnan cuando, a su vez, critican el trabajo periodístico por no presentar "las dos versiones".

Es una contradicción y una paradoja (como tantas otras que irrumpen en los espacios oficialistas) porque, al mismo tiempo que reclaman la unilateralidad de las versiones difundidas en los medios, en simultáneo plantean que toda la información circulante responda y se apegue a una mirada única: la del Gobierno y de sus representantes.

Si algo puede ser criticable en una cobertura periodística es la limitación de las fuentes: contentarse con la fuente oficial y con la de la oposición, y presentar la nota como si la realidad fuera dicotómíca, en blanco y negro. Por ello, el periodismo de calidad es aquel que contrasta (triangula se diría en investigación social) las distintas perspectivas que sobre un mismo hecho pueden haber. Lo cual es, además, un reconocimiento de la finitud y de la vulnerabilidad humanas. No es posible saberlo todo, conocerlo todo, comprenderlo todo, contarlo todo.

Esa es la función deliberativa interna de un medio. Esa es su responsabilidad social: entregar a su público suficientes elementos como para que pueda formarse su propia opinión. Pero en el espacio público, en el que interactúan varios o muchos medios, es legítimo y provechoso, además, que sus versiones sobre un determinado hecho social no sean idénticas ni respondan a un mismo enfoque. Una discrepancia de esta naturaleza solo enriquece a las audiencias. De ningún modo las perjudica.

El monismo y el maniqueísmo son concepciones cargadas de dogmatismo y de simplicidad. No ayudan, por tanto, a entender las realidades dinámicas, complejas y diversas en las que estamos inmersos. Mantenerlos y cultivarlos, con independencia del sustrato ideológico o político con el cual nos identifiquemos, es pretender desconocer que ya no estamos en el siglo XVII sino que nos hallamos en el siglo XXI. Pero lo mejor de esa apetencia autoritaria es que su rigidez y anacronismo le impiden reconocer su imposibilidad. Lo están comprobando las autoridades chinas que muy parcialmente han podido frenar el recuerdo de los hechos de Tiananmen. Lograron evitar la difusión de ciertas imágenes, pero no censurar todos los sitios web, ni clausurarlos más allá de sus fronteras. Por suerte.

cat@hoy.com.ec
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