Por Jaime Acosta Espinosa
El fin de un año y el comienzo de otro ejercen sobre los mortales una gran fascinación. ¿Qué será de lo que pasó? ¿Qué será lo que nos espera? ¿Quién no se hace estas preguntas en medio de incertidumbres y esperanzas? ¿Quién no espera que sea mejor el año venidero? ¡Qué misterio es el tiempo! ¡Qué impredecibles son sus promesas! ¿De dónde viene y, sobre todo, a dónde va? Vivimos en un frenesí temporal que nos hace a todos frenéticos. Sentimos que nos falta tiempo para lo fundamental, pero también para lo superfluo.
Algunos grandes pensadores antiguos le vieron al tiempo como en "eterno retorno". No tiene límites ni adelante ni atrás. Todo es lo mismo, pero con distintos calendarios. Para los cristianos, tal vez con más grandeza, todo es diferente en el comienzo y en el final. Benedicto XVI, pensador que no puede desprenderse de su misión de pastor, se ocupó también de hablarnos del tiempo, anotando que, "mientras nosotros no tenemos tiempo para nada, mucho menos para Dios, Él tiene para nosotros todo el tiempo que queramos". El Papa tiene suficientes motivos para garantizarnos la verdad de esa espera ilimitada y pide que le creamos. "Dios nos da su tiempo, pues ha entrado en la historia con su palabra y sus obras de salvación para abrirla a la eternidad, para convertirla en historia de alianza. Desde esta perspectiva, el tiempo es ya en sí mismo un signo fundamental del amor de Dios: un don que el hombre, que como sucede con lo demás, es capaz de valorar o por el contrario de estropear; de acoger su significado, o de descuidar con superficialidad obtusa".
Cada año nos espera con una emoción siempre nueva. Depende de nosotros el que sea favorable o negativa. Depende de nosotros receptar su naturaleza augusta, dignificándole con un comportamiento razonable o hacerlo cómplice de la desdicha, ultrajándolo con acciones traicioneras; derrochándolo en futilidades; matándolo en inconsciencias. Los americanos repiten, como humorada, que "el tiempo es oro", entendiendo que el hombre se resume y se abisma en los bienes materiales. Puesto que el tiempo sostiene la vida y ninguna actividad puede desprenderse de su imperio, sería mejor reconocer que el tiempo es belleza, es verdad, es virtud, es esperanza, es gloria.
Poco antes de morir, el general De Gaulle visitó España. El generalísimo Franco le invitó a una entrevista, en la cual De Gaulle pronunció otra de sus palabras memorables: "Usted es el general Franco", le decía, "¡qué cosa admirable!, en cambio yo fui el general De Gaulle". Su gloria ya no le pertenecía, pero él permanecía todavía, mirándola hundirse en el pasado. Esa exclamación era la vibrante nostalgia de una personalidad que no solo vivía en el tiempo, sino por encima del tiempo y en posesión del tiempo, pero mirándolo con tinturas de inmortalidad.
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Hora GMT: 28/Diciembre/2008 - 05:09
