Por Pepe Laso R.
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Una de las características de lo que Augé llamó la sobremodernidad es el paso de los lugares a los no-lugares. Un lugar es un espacio fuertemente simbolizado, en el que podemos leer la identidad de quienes lo habitan. Es el sitio en el que elevábamos cometas, el cementerio de nuestros muertos, el cine en el que aprendimos a fumar cuando se apagaba la luz o en el que soñábamos perdermos en las últimas bancas con alguna noviecita con uniforme de colegio. Lugar de reconocimientos, lugares que hablan de identidades cuando interrogamos a los fantasmas que habitan la memoria.
Los no-lugares son estos espacios, de paso, del anonimato, construidos para olvidar, enteramente funcionales, como los aereopuertos, las autopistas, los supermercados, los cuartos de hotel, las pantallas, los cables. Aquello de lo igual en el mundo, en el que no son los fantasmasm sino unas señales las que guían nuestros inciertos pasos.
Todos estos pensamientos me recorrieron cuando un amigo me dijo que en el Teatro México, extraordinariamente restaurado, en el corazón de lo que se llamaba, cuando yo era niño, el Barrio Obrero, se iniciaba esta semana un festival de cine mexicano clásico y que se iniciaría con algunas películas de El Santo. Rodolfo Guzmán Huertas, el Enmascarado de Plata, uno de los más grandes héroes populares y un símbolo de la justicia... Entonces, pregunté a mi amigo con cuál de las películas se iniciaría el festival, si con El Santo contra los zombies o con El Santo, el Enmascarado de Plata, contra los marcianos.
En las grandes ciudades, los viejos cines se han ido convirtiendo en lugares de culto. Lo religioso, sin embargo, parece que no ha podido exorcisar las huellas, las risas y los pequeños placeres que siguen habitando esos espacios, como el del cine Mexico.
Es que, como alguien dijo, en el cine mexicano que ahí se proyectaba, aprendimos a ser latinoamericanos.
El cine mexicano nos dio ese cierto "aire de familia" del que habló Carlos Monsivais que nos hace reconocernos hasta en la vecindad de El Chavo. Con el clásico cine mexicano, el de los rostros de los que se enamoraron nuestros padres, María Felix o Dolores del Río, Jorge Negrete, Cantinflas o Tin Tan, se articulan la telenovela mexicana, la Trevi, Juan Gabriel y los Fernández, los mariachis que acompañan momentos especiales de nuestras vidas. El grupo Flor de Azalea o el Mariachi Loco, a los que se puede encontrar en las páginas amarillas de cualquier guía telefónica de este continente.
Y no solo la invitación al Festival de Cine mexicano ha desatado en mí esta serie de relaciones, sino también el hecho de que el Cabildo de la ciudad haya logrado recuperar estos lugares, como el cine México, los hospitales o el Parque de Itchimbía, o La Alameda, en la que miles y miles han sufrido, miles de enamorados han remado y otros han elevado cometas.
Hay que agradecer y reconocer que es verdad lo que Paco Moncayo ha dicho: que el patrimonio histórico ha sido su hijo mimado.
Hora GMT: 08/Febrero/2009 - 05:08
