Por Enrique Valle Andrade

Lo desencadenado en los últimos meses en los EEUU y su secuela en Europa, consecuencia directa del progresivo debilitamiento y subsecuente quiebra de las instituciones financieras por la crisis derivada de la mora del gran universo de sus deudores hipotecarios, cuyas causas han sido debidamente analizadas y criticadas por los analistas especializados y por la opinión pública mundial, inevitablemente nos ha traído a la memoria los lamentables episodios vividos hace 10 años, a consecuencia de la crisis bancaria desatada durante el gobierno de Jamil Mahuad, que tanto daño hizo a la economía de los ecuatorianos y que terminó con el propio gobierno del Mandatario que tuvo que enfrentarla. Cuando estos acontecimientos se suscitan, surge la curiosidad por encontrar similitudes entre las distintas tragedias.

Lo primero que se puede extraer como conclusión es que las quiebras de bancos en virtud del efecto dominó, que siempre se hace presente en crisis de esta naturaleza, pueden ocurrir tanto en países desarrollados como en los del Tercer Mundo; los fenómenos que las generan son casi siempre los mismos, quizá por la simple coincidencia de que quienes las desencadenan son seres humanos. La única diferencia es que cuando ello ocurre en economías pequeñas, el daño se circunscribe al ámbito que ellas abarcan; cuando acaece en potencias económicas, como es el caso actual, las consecuencias y efectos comprenden un espectro mucho mayor según de donde provenga la crisis. Por eso, se afirma con cierta ironía que cuando los EEUU tiene gripe, el resto del mundo estornuda.

Otro aspecto que no puede dejar de ser considerado es que las causas suelen ser parecidas. En el fondo, siempre subyacen fallas en el control y una expresión de exagerada codicia en quienes precipitan estos descalabros, trátese de banqueros o de gente de bolsa. Uno se pregunta cómo es posible que a estas alturas del desarrollo de la normativa de control de riesgos y de su supuesta rígida aplicación en las economías del primer mundo, se haya podido prestar dinero con tanta irresponsable liberalidad, sin observar los mínimos márgenes de seguridad entre el valor del préstamo y el del inmueble que lo garantiza, así como olvidar los requisitos mínimos de solvencia y capacidad de pago que se exigen al deudor para ser calificado como sujeto idóneo de una operación crediticia. Por último, el "salvataje" bancario, palabreja que en nuestro país trae ingratas reminiscencias y que se la ha utilizado hasta como argumento de campaña, constituye un recurso in extremis del que se hace uso en cualquier rincón del mundo, incluso por sobre limitaciones legales, cuando se torna inevitable salvar del descalabro total no solamente a instituciones, sino al conjunto de la sociedad, que se hundiría en un caos económico generalizado si el Estado impasiblemente permitiera que todos los ahorros de los ciudadanos se fueran por el sumidero.

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