La sustracción del Acta de la Independencia de Guayaquil fue un delito
político, eso nos queda claro, tanto porque la intención fue simbolizar una
idea extremista como porque no vislumbramos afán lucrativo. Determinar los
responsables del hecho será tarea de la Policía, así como de la
administración de justicia del país. No es una infracción cualquiera la
cometida, tanto porque el principal sospechoso no es un anónimo ciudadano,
como porque en su recuperación participan como intermediarios ilustres
guayaquileños y hasta un sacerdote bajo estricto secreto de confesión.
La lucha por las autonomías es un proceso que se viene desarrollando
intensamente; la expresión ciudadana a través del voto ha presionado para
reformar o crear el marco legal necesario que viabilice la idea.
Esencialmente, forjar un sistema autonómico no es otra cosa que combatir la
acrónica, obsoleta e injusta forma de administrar un país a través de la
centralización de decisiones y recursos, la misma que no tiene,
necesariamente, nada que ver con una región determinada. Pasar de lo dicho a
declarar independencias o provocar sucesivas secesiones en el país es
extremar imprudente e irresponsablemente el planteamiento.
Es así que aquellos que se resisten a abolir el centralismo como sistema de
gobierno, y, más aún, aquellos que permanentemente han embadurnado el tema
con regionalismo, están felices con el hecho torpe, imprudente, que estamos
comentando. Se les otorga una magnífica oportunidad para satanizarlo con la
acción extremista realizada, metiendo en un mismo saco a todos aquellos que
nos oponemos a un centro único de poder administrativo y económico en la
República. El robo del Acta de la Independencia de Guayaquil, en vez de ser
un símbolo libertario como fuera la sustracción de la espada de Alfaro,
hecho extremista pero coherente con las ideas de sus autores, representará y
se convertirá, paradójicamente, en el arma preferida de los enemigos,
soterrados y descubiertos, de la batalla por la delegación administrativa de
competencias, facultades y recursos a las regiones del país.
El guayaquileño y su recuperada identidad, su profundo sentimiento
libertario expresado en toda postura y acción, su permanente lucha y rechazo
a la opresión y las injusticias, no puede ser confundido y estigmatizado con
la acción extrema de unos cuantos afiebrados cívicos. El tema resulta
anecdótico por la serie de componentes que lo forman, y sería trasnochado
usarlo o comentarlo en otro nivel.
Ciudad QUITO





