La literatura marina configura la condición humana, confronta la derrota, la ambición y la épica
El mar es la última frontera terrestre, el inalcanzable horizonte que nunca llegaremos a cruzar. Puede ser que esa sensación de infinitud que nos da el mar haga que los hombres siempre pensemos en él.
En la literatura nos acompaña desde el inicio de ella. Homero hace viajar, extraviar, perderse y naufragar una y otra vez a Ulises. Ese viaje no constituye el traslado de una lado a otro, es el símbolo de la errancia, pero también del descubrimiento; similar sensación la vivirían seguramente los primeros colonizadores de América, conscientes que luego de zarpar solo había la incertidumbre. Asimismo, Eneas al llegar al Lacio, enfrenta el temor a la tierra extraña y encuentra allí la promesa de victoria y trascendencia, el mar es símbolo de trasfiguración.
Pero el mar no solo fue considerado como travesía y descubrimiento, Stevenson lo miró como posibilidad de aventura y valor, de una reafirmación de principios frente a la veleidad y las tentaciones de la vida. En La isla del tesoro no solo creo a personajes eternos y perdurables sino que encarnó el prototipo del ciudadano inglés, el doctor Livesey, un ser flemático y justo, tan justo que es cruel, tal vez por ello no resulte extraño que a lo largo de la novela nos genere más afecto John Long Silver, el pirata despiadado, que el mismo buen doctor. El hermoso capítulo "El reflujo" nos muestra la duda de Jim Hawkins sobre cuál bando es el bueno; el mar envuelve sus pensamientos con el suave bamboleo, el reflejo de la luna en el agua mansa, solo es un espejo de sí mismo y sus dudas.
La soledad de las travesías, el no tener más que el ondulante brillar, que la cúpula azul, que los rápidos y fúlgidos rayos del sol, llevan al hombre a encarar un lado de sí mismo que a veces se quiere olvidar. Cuando Benito Cereno se ve enfrentado al mal o, el capitán Achab se ve a un paso de la locura, estas acciones no son más que miradas a una realidad metafísica, un preguntarse sobre qué hay más allá de nuestra simples acciones; es Melville el que encarna estas dudas, sus libros ya son de aventureros en un barco, estos ahora abandonan encarnar principios, son sujetos sometidos a un peso mayor, a un peso del que son conscientes pero del que no pueden liberarse, todos saben en el Pequod que su capitán los llevará a la muerte pero nadie hace algo concreto para evitar dicho final. En Melville el mar es la esencia del fatalismo.
Conrad es quien recoge mucho de las dos corrientes, en libros como Lord Jim o El copartícipe secreto hay aventura, pero el mar exige a sus personajes definiciones metafísicas, desde el mismo sentido del honor y la lealtad hasta la resolución de misma identidad. Pero aún hay en Conrad cierta sensación de victoria, si bien a través del dolor y la muerte, sus protagonistas "triunfan" de cierta manera. En la saga de Maqroll, de Álvaro Mutis, el fracaso es la verdad, pero no por ello la lucha que el marinero realiza está exenta de dignidad y valentía, de amistad y pasión; esos fracasos a los que, de una u otra manera, todos quisiéramos cometer.
Hora GMT: 24/Enero/2009 - 05:13
