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El legado de Vera Kohn

Publicado el 06/Julio/2012 | 00:52

Claudio Mena Villamar

cmena@hoy.com.ec



La doctora Vera Kohn murió a los 100 años de edad. Llegó al Ecuador como un lugar de refugio después de la segunda guerra mundial y cuando los judíos sufrieron la persecución nazi. En la ciudad de Quito, la doctora Vera se dedicó a varías actividades y, entre ellas al teatro, llegando a presentarse en varias piezas cuando en Quito estaba el director de teatro alemán Loewfenberg. Vera sintió que su vida tenía que desarrollarse en otros campos y fundamentalmente en et de la psicología e ingresó a estudiar en la Universidad Central de Quito. El momento importante de su vida se desarrolló en Alemania, cuando encontró al profesor KarI Durckheim, llamado el "viejo sabio de la Selva Negra". En una entrevista, Vera confesó que había ido por una sesión de dos minutos, pero se quedó tres años. En esa circunstancia conoció la meditación Zen y desde entonces se dedicó a su práctica y enseñanza. A la pregunta sobre la causa que había motivado el nuevo rumbo que cambió su vida, su respuesta fue que el Zen no es positivo ni negativo, sino otra manera de estar en el mundo y no es intelectual. Vera conversó que esta experiencia cambió su vida.

Por el año 1971 la doctora Vera recibió al padre Rueda, que era profesor de Antropología Religiosa y Teoría Etnológica en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica. Quiso dialogar con la doctora y como resultado de este encuentro el padre Rueda empezó a meditar con un pequeño grupo de personas de esa universidad, integrándose a las prácticas que la doctora Vera había abierto en Quito, donde creó el "Centro de Desarrollo Integral". El padre Rueda, entre otros libros de su autoría, luego de este encuentro fundamental, escribió El sendero del Zen y un curso de Meditación Profunda. En el terreno psicológico, la doctora Vera tuvo un importante contacto con la enseñanza del gran psicólogo Gustav Jung y el trabajo subjetivo con la "sombra", o sea con aquello que no se sabe de uno mismo y que representa el obstáculo por excelencia que impide a nuestro ser esencial realizarse.

En el año 1994 el padre Rueda concedió una entrevista para este diario en la que habló de sus discípulos y dijo: "Hace 20 años cuando les hablé por primera vez de meditación, se levantaron muchos y dijeron: "misticismos" y me dejaron solo. Hoy existe el respeto y se percibe gran hondura en el tratamiento de esta práctica."

Es importante reseñar que esta enseñanza se dirige a la conducta humana en la que se ha olvidado la realidad sacral, condicionada por lo económico, político, social y biológico, pero se la tiene ahí latente como un fuego iluminador. El Yo profundo se halla lejos del simple logro de bienestar corporal, pues para ello basta concurrir a los analgésicos, terapias corporales y otros medios que abundan en el mercado.

 

Autor: Claudio Mena - cmena@hoy.com.ec Ciudad Quito

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