Es casi la medianoche. Los cuerpos se contonean al ritmo del funk y un ambiente de fiesta está encendido...

Las luces que emiten los rótulos de la licorería La Cigarra, situada frente al Quicentro (norte de Quito), iluminan los rostros y un intenso frío se funde con más de una botella de licor y cerveza.

Entre una hilera de autos estacionados y con las puertas abiertas, el pasado jueves María, quiteña de 20 años, decidió salir de sus clases de la universidad, en busca de diversión. Junto con sus amigos llegó a este parqueadero, en donde, casi por costumbre, cuenta que se sale de la rutina y el estrés los fines de semana.

Acompañada de un cigarrillo y un vaso de plástico blanco lleno de alcohol esta joven de ojos cafés vuelve a sonreir.

“La verdad es que el licor me llama la atención, además de que aquí todos toman”.

Las horas pasan y en un ambiente que se hace cada vez más familiar, el baile y el consumo de alcohol y tabaco van de la mano. “Comencé a tomar a los 15 años en Esmeraldas, pero allá era más recatadita y cuando vine a vivir acá pensé que iba a ser igual, pero no fue así. La farra aquí es intensa”.

A unos pasos de María y tras un auto rojo, Johanna, de 21 años, no para de dar vueltas.

Sus amigos están pendientes de que su delgado cuerpo no se desplome, pero se ve que puede mantenerse firme y sus ojos se llenan de lágrimas.

“No me gusta tomar, siento asco cuando lo hago pero las penas se van con el alcohol”. De inmediato, reacciona y empieza a bailar. La música aún sigue sonando y Alberto, de 22 años, dice que empezó a tomar y fumar a los 18 años.

“Tomo porque estoy con mis amigos, me pongo más caliente y para sentirme en ambiente”, agrega en tanto que la sirena de la Policía empieza a sonar y en menos de cinco minutos decenas de botellas y vasos se desperdigan por el lugar y los carros empiezan a marcharse a buscar otro ‘rincón’.

La noche continúa y la rumba aún no termina en el norte de la capital. Axel, de 21 años, no se complica en el momento de poner se a tomar y fumar. Junto con su novia, de 20 años, y otros tres amigos más hacen ‘vaca’ y reúnen tres dólares para comprar aguardiente.

En la esquina de la Calama y Juan León Mera, este joven universitario empina la botella de alcohol y confiesa que esto le hace sentir diferente.

Pero para Axel el consumo de licor ha bajado drásticamente, pues hace un año se intoxicó y terminó en el hospital.

De tomar casi todos los días, ahora lo hace de vez en cuando y entre amigos. Su mamá a quien más le confía las cosas, le ayudó a dejar de consumir, a través de métodos naturales como la acupuntura.

Esto no sucedió con Danny, de 23 años, quien dejó de tomar porque ya llegó “a la decadencia, no había día que no tome y mis papás no me entendían”.

“La verdad es que tuve la voluntad de dejarlo. La primera vez que probé fue a los siete años y luego la mamá de una amiga me dio a los 13”.

De ahí en adelante, este alumno de administración de empresas ha probado de todo: whisky, ron, vodka... Sebastián, uno de sus amigos, lo cataloga como un alcohólico social. “Así nos tachan los psicólogos y los psiquiatras”, lo dice entre risas y se lleva un vaso de Cristal a la boca.

Un poco más al centro, en los locales donde venden pipas, no faltan los adolescentes de tres colegios fiscales y uno particular. Andrea y Carla, de 16 años, cuentan que empezaron a fumar por curiosidad a los 14. “La verdad es que todo el grupo lo hace y esto sí influye”, reconoce una de ellas.

El ambiente árabe envuelve el sitio y los pedidos de pipas de esencias y licores no paran. “Esto es un hábito que se adquiere en grupo”, concluye Andrea...

Una encuesta en 42 colegios

De acuerdo con estudios realizados por el Consejo Nacional de Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas (Consep), la edad de inicio del consumo de alcohol y tabaco bajó entre 1998 y el 2002, en promedio, de 15 y 16 años a 13.

Esto se determinó a través de una encuesta significativa realizada en 42 colegios públicos y privados de Quito, con alumnos desde los 13 hasta los 18 años.

Los estudiantes de los sextos cursos registraron el mayor consumo y en el mes anterior a la encuesta, el consumo de estas sustancias fue más significativo en los planteles privados que en los públicos.

Entre los factores que inciden en el uso de estos productos, para Silvia Corella, psicóloga, son: los cambios culturales, desintegración familiar, incorporación de ambos padres al mercado laboral, deterioro de la calidad de vida y la migración.

El consumo de alcohol y tabaco crece en Cuenca

El consumo de alcohol y el tabaco en los estudiantes genera más de un problema para los rectores de varios planteles educativos de la capital azuaya. En las universidades el problema es más evidente. Es una tendencia que va en aumento. En las reuniones entre amigos no puede faltar la botella de alcohol.

“Es como estar a secas. Si no hay ‘chupa’ no hay reunión”, dice Iván García (de 16 años) y estudiante de cuarto curso de un colegio destacado de Cuenca.

El joven relata que entre el grupo (siete compañeros) beben una vez cada 15 días. “Tomamos poco (entre dos y tres botellas). Rara vez nos hacemos ‘funda’, porque cuidamos que los profesores y nuestros padres no se den cuenta”.

Si nos descubren con trago, dice el adolescente, el Rector nos expulsa 15 días, nos manda a traer el representante y el próximo año no nos recibe en el plantel. “Ya ha pasado varios casos”, recuerda. Este estudiante cuenta que empezó a beber y a fumar a los 14 años.

Según Saúl Pacurucu, director del Centro de Adicciones y Reposo de Cuenca (CRA), en el país el 60 por ciento de la población mayor de 15 años bebe. De esa cifra el 25 por ciento abusa del alcohol y tiene dependencia.

Él insiste que la situación es alarmante, pues en los últimos dos años, el consumo aumentó en los jóvenes (hombres y mujeres), al igual que la fabricación de bebidas.

Según un estudio del CRA hecho en cuatro planteles de Cuenca, la franja de bebedores bajó a los 13 años. En muchos casos combinan drogas con alcohol.

Si otros chicos lo hacen, yo también lo puedo hacer...’

El alcohol y el tabaco llegan a los adolescentes y jóvenes de la mano de los amigos y en medio de la soledad generada por la ruptura familiar que acarrea la emigración.

Los chicos de Guayaquil empiezan a fumar y a beber entre los 13 y 14 años, afirma María Lourdes Portaluppi, directora ejecutiva de la Fundación Semillas de Amor, una organización que trabaja en programas de prevención del consumo de alcohol y tabaco, en menores.

“Cada vez se inician más jovencitos por la migración de sus padres y la falta de referentes adultos. Los chicos están en manos de vecinos o de abuelos que no tienen la fuerza para guiarlos en su adolescencia”.

Juan, de 16 años, tomó su primer trago de alcohol a los 14. La primera borrachera y el tabaco fueron a los 15, precisamente por la presión que ejercían sus amigos. “Compré un cigarrillo, pero no me gustó y lo boté. Lo que sí me gustó fue la cerveza y el trago fuerte.

Solo una vez me emborraché y mi abuela se dio cuenta”, dice este adolescente cuyos padres viven en España.

Diana, de 16 años, probó su primera cerveza a los 13 y el cigarrillo a los 15. Fue durante una fiesta que organizaron los compañeros de sexto curso de su colegio. “Me brindaron un trago y acepté. Solo tomé tres vasos de cerveza y la cabeza empezó a darme vueltas”.

Pedro, de 13, probó el tabaco para experimentar. “Es fácil conseguirlo, vas a una tienda y listo”. A él aún no le han ofrecido cerveza, pero dice que le gustaría probar. “Si otros chicos lo hacen, yo también lo haré”.

Punto de vista: Luis Tayupanta, coordinador de Informa T

El consumo de sustancias se da mayormente entre los adolescentes por curiosidad y la presión de grupo. Hoy el respeto a los valores ya no se toma en cuenta. La presión social obliga y exige al joven a tomar y fumar para que se identifique con el grupo.

En esta edad tampoco se ha desarrollado buena autoestima y autodeterminación, por lo que los padres tienen que fortalecer estos dos factores.

Lo que también influye son las carencias familiares, la migración de los padres empuja a que el adolescente busque un escape en algún tipo de droga, para llenar sus vacíos interiores.