Por Juan Jacobo Velasco
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¿A dónde irán los buenos escritores? piensa V mientras se entera de la muerte de Miguel Delibes. Quizás a aquel cielo imperfecto, del que hablara otro excelente escritor muerto, Augusto Monterroso, y que consiste en estar con muchos amigos y buenos libros, pero con la pena de no poder ver el cielo en lo alto. Si hay un cielo literario, Delibes comparte sitio con otros grandes de la literatura en nuestro idioma como -no hay un orden de importancia- Borges, Cortázar, Onetti, Benedetti, Paz, Neruda, Vallejo, Bolaño y varios. A lo mejor conversan de buenos libros, muchos de los cuales escribió el español, interpretándolos, desmenuzándolos, reviviéndolos. Seguro tienen toda la eternidad.
No es un especialista en Delibes pero en su somera aproximación, V tuvo la certeza de que se trataba de un trasatlántico de eslora que podía cruzar cualquier mar. Recuerda la extraña y grata sorpresa que le provocó Las ratas, aquella novela bucólica y españolísima que lo condujo a una realidad casi de ciencia ficción: la ibérica vida campesina antes de la Guerra Civil. Nada más fuera de este mundo, pero a la vez nada más cercano gracias a una pluma que conduce con pulso firme por los caminos de una narración bien trazada. Las ratas fue un detalle. El hereje fue la certeza.
Hay novelas que van de menos a más, llegando a un límite que roza lo perfecto. El hereje es justo eso: una cuasi obra maestra. El cuasi queda en la ambigua y muy personal definición del calado de una novela. Ambientada en la Valladolid del siglo XVI (otra vez, un entorno no muy fácil de acercar), el libro trata de la llegada al reino de Carlos V de la oleada protestante que invadía Europa, centrándose en la conversión al protestantismo de Cipriano Salcedo, un sencillo y buen hombre. Delibes recrea el mundo a medio camino entre el feudalismo y el precapitalismo, en la -era que no- muy católica y fundamentalista monarquía española. Si bien El hereje tiene los ripios de una excesiva descripción de la época, sobre todo en la primera mitad, la narración prolija de Delibes acelera su curso por las emociones que la confabulación genera. Fue en las 100 páginas finales en donde V tomó conciencia de que lo que tenía en las manos era un artefacto adictivo que no se podía dejar de leer. El hereje es un conmedor relato de cómo un hombre recto se enfrenta al poder y al fundamentalismo religioso, en un conflicto que se revive en nuestros días.
V piensa otra vez en ese cielo literario al terminar de leer La oveja negra y otras fábulas, de Monterroso. Ese librito, que pensaba tragárselo en media hora, le llevó seis. Fue como beber por pequeños y largos sorbos un desconocido Gran Reserva. El guatemalteco revive en frases de antología y misterio infinitos que develan la naturaleza del hombre, en general, y del escritor, en particular. V cree que seguro fue de los primeros en abrirle la puerta del cielo -si lo hay- a Delibes.
Hora GMT: 18/Marzo/2010 - 05:05
