Por Andrés Vallejo
Se ha demostrado hasta la saciedad que un problema grave que sufre el país es el del centralismo, tradicional e injustamente relacionado con Quito. La provincia de Pichincha tributa cerca del 60% del total nacional y recibe un porcentaje muy inferior en el Presupuesto del Estado, siendo la única provincia que recibe menos de lo que contribuye al Fisco. Quito es una víctima, y principal, del modelo centralista que ha causado enormes perjuicios a todo el país y que, precisamente por eso, forzó a que las preasignaciones presupuestarias fueran ampliándose, hasta exageradamente. Pero eliminarlas, es decir, irse al otro extremo, es igualmente inconveniente. No es aventurado asegurar que si no es por el cada vez más frecuente buen desempeño de los gobiernos locales, el Estado nacional habría colapsado. Ya no son solamente Quito, Guayaquil o Cuenca las ciudades con excelente administración y claro progreso, sino muchas otras las que se suman, con las diferencias ideológicas y conceptuales de sus administradores, al conjunto de ciudades bien administradas. a concepción centralista de la nueva Constitución se refleja en leyes secundarias que concentran nuevamente todos los ingresos en el Gobierno central, para repartirlos luego a los gobiernos seccionales, con el riesgo consiguiente que la discrecionalidad e intención política circunstancial traen consigo. Así como refleja los prejuicios que buscan impedir o dificultar la acción de entes sin fines de lucro, constituidos por los entes públicos, que han demostrado la eficacia que la administración estatal no tiene ni tendrá, por buenas intenciones que en esa dirección existan. El Estado es uno y los gobiernos seccionales son parte del Estado.
Por supuesto, la descentralización no puede implicar -no puede seguir implicando- la traslación de recursos del Gobierno central sin la correspondiente traslación de responsabilidades. El criterio de asignación de recursos se basa en los conceptos de población, necesidades insatisfechas y territorio, y no añade el de la asunción de competencias, por lo que seguirá siendo un instrumento de presión política, que no solo que no permite avanzar, sino que implica un enorme retroceso en el que la ineficiencia es premiada. Son reconocidas las obras realizadas en distintas ciudades con recursos producto de acciones decentralizadoras cuyos casos más notables han servido para solucionar problemas estructurales, y para reforzar la identidad de sus habitantes, aspecto difícil de cuantificar monetariamente, pero de enorme importancia. Mientras en el mundo entero se fortalece a los gobiernos seccionales, en el siglo de las ciudades en que vivimos, centralizar las rentas implica un claro retroceso, sin que exista razón ni certeza alguna de que implicará mejor distribución de recursos.
En un mundo vertiginoso y con crecientes necesidades, en el que la importancia de que los recursos y las acciones fluyan adecuadamente es cada vez mayor -como en la relación humana-, centralizar es anacrónico.
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Hora GMT: 06/Enero/2009 - 05:09
